LA CORONA DE ZORRILLA Y EL MUNICIPUM FLORENTINUM ILIBERITANUM

 

Tengo para mí que uno de los episodios humorísticos más desconocidos de la fiebre romántico-orientalista del siglo XlX, sucedió en Granada y vivió en la persona del ilustre vate Don José Zorrilla uno de sus episodios más hilarantes.
Bien es sabido que la fama y oropel de Zorrilla llegó en su época a ser inconmesurable y sus versos y dramones causaban furor por todas partes.Y en Granada no iba a ser menos, sino quizá más, el límite, su apoteosis. El poeta tenía en Granada un semillero fecundísimo de inspiración, amigos, historias y leyendas como un manantial inagotable. En efecto, en su abundante obra no podemos sino toparnos de bruces con lo granadino como parte de un imaginario desbordado que a ratos semeja un delirio. Sus paraísos colgantes y cármenes gloriosos, su historia maltratada, sus bellos palacios bien nutridos de harenes, odaliscas y serviciales mancebos enervaban los sentidos no sólo de Don José, sino de cualquier artista sensible de la época, de tal modo, que todo lo oriental se hizo rito y devoción llegando al punto de inventarse un tópico que atravesó fronteras: “el estilo alhambreño”. “Lo moro” era sin duda para él, el culmen del esplendor, el deliquio, el pasado glorioso estrangulado por el imperialismo cristiano.
Como no podía ser menos, la ciudad le correspondió con generosidad y reconocimiento a raudales. Parece ser que cada cuanto, Don José venía a Granada, era agasajado por los amigos de su cuerda y -cuando el aguardiente lo permitía- soltaba unos versos de ocasión, (que solia traer bien preparados) causando pasmo y emoción incontenible. Enseguida se formaba el corro multitudinario que hacía correr la especie de que Zorrilla vivía en Granada y que el gran artista, leído en medio mundo, terminaría por establecer sus reales poéticos en la capital nazarí. Con él se llenaban de escándalo los cafés, se formaban séquitos que llenaban las calles de infantes o matronas y la ciudad era un tumulto. “Todo a gastos pagados”, como era obligación. De modo que don José, cuyos azares económicos caían una y otra vez en bancarrota, ahí donde se quedaban limpio, volvía a Granada, echaba unos versos al aire y esos días recuperaba oxígeno para volver a Madrid recompuesto. Desde allí, sin embargo, llegaban con cuanta gotas algunas páginas sombrías de su biografía: duelos, exilios, quebrantos, abandonos del hogar familiar, repudio del padre con desheredamiento subsiguiente y la ruina cotidiana. Granada, al menos, le permitía subsistir con algunas ayudillas y las ventas de sus libros.
El momento cumbre de esta historia de amor encendido, sublime donde los haya, se consumó con su CORONACIÓN como POETA NACIONAL en el año 1889. Al efecto se habilitó el palacio de Carlos V, (tras ser agasajado en el palacete del Carmen de los Mártires, dos semanas), que se llenó a rebosar de gentes de todas las clases, Autoridades, Munícipes, aristocracia nativa y una nutrida representación del pueblo llano.
El acontecimiento fué el no va más de la ciudad: Zorrilla recitó, leyó, hizo valer sus cualidades de literato encendido y declamatorio. Improvisó, lloró y rezó y ya con la CORONA de oro fúlgido sobre la cabeza pensó para sus adentros que el triunfo al menos la aligeraría las cargas para unos meses con aquella coronaza que pesaba lo suyo.
No bien llegó a Madrid, aturdido por aquella demostración de afecto y Gloria, con el bolsillo escueto, como casi siempre, marchó a una Casa de Empeños con la corona maciza bajo el brazo. Grave decepción obtuvo al conocer su precio y calidad: Era de hojalata, unos pocos reales podría llevarse a casa. Los granadinos se la habían jugado con aquella corona pobretona de una virgen de parroquia.
Leyendo la historia de Granada queda bien acreditada su denominación -en época romana- como “municipium florentinum iliberitanum”. Ironías del destino. Quizá ese apelativo aplicado al granadino común de “agarrado o calculador, como parecen ser los florentinos de Florencia”, pudiera venir de allá entonces, y ese espíritu genuino, realista y poco romántico del granatensis comun le gastó una mala pasada al portentoso Zorrilla.

 

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