LA NOCHE QUE MATARON A MOHAMED V

Battle_of_Montiel. Jean Froissart. Secretos de Granada

Cuentan las crónicas que la noche del 15 de junio de 1354 se produjo un espantoso y sanguinario complot en la Alhambra. Objetivo: Matar a al sultán Mohamed V, entonces legítimo rey dinástico del Reino de Granada.
Algunas de las plumas que rememoran la destitución del entonces Sultán narran el desarrollo de los hechos más o menos así: Cien hombres a sueldo de los conspiradores escalan a cordel las altas torres de la muralla alhambreña y aprovechando la oscuridad de la noche y el factor sorpresa, liquidan a la guardia adormecida y penetran en el interior de las palacios a punta de espada sin perdonar vida alguna de cuantas encuentran a su paso hasta llegar a las salas privadas del mismísimo Sultán.
No repararemos en los subrayados de sangre, alaridos, lamentos de muerte en este escenario en el que corre la sangre bajo las puertas y se tiñen de rojo las fuentes y acequias y jardines hasta sombrear en óxido los enteros palacios. Toda sangre es poca, aunque esas ejecuciones sumarias bien podrían consumarse por ahogamiento, por estrangulamiento o por otros procedimientos más silenciosos y desde luego menos previsibles. Pero sí parece fehaciente y bien probado que entre las víctimas se encontraran el Visir Ridwan, ministro principal del Sultán, su familia y funcionarios de palacio, los guardias y criados. Y por supuesto, toda la guardia personal del Rey perece aquella noche. Una carnicería en toda regla que ha de culminar en la liquidación de Mohamed V, verdadero objetivo del complot, al que hay que quitar de en medio para colocar en su lugar a otro nazarí, hijo del mismo padre, pero de madre cristiana, un imberbe y adolescente pretendiente que hará cambiar de manos la corona siguiendo el dictado y las ambiciones de Mariam, su madre rumí y del verdadero instigador, como se verá más tarde, Abu Said, apodado “el rey bermejo”.
No sería insensato pensar a la hora de contar esta historia, en la compra de la guardia, en el soborno de los soldados de puerta y en la confabulación con el Jefe de centinelas para dar crédito al éxito de la brusca irrupción en palacio, el desarme o asesinato de toda la guarnición de vigilancia sobre las murallas y en el apoderamiento de la ciudad palatina en un abrir y cerrar de ojos que sitúa la emboscada a un palmo de la yugular de Mohamed V.
Sin embargo algo falla en el plan o en algo no termina de casar en esta historia tal como se cuenta. Algo que tiene que ver inexorablemente con la flaca eficiencia del servicio de espionaje de los conspiradores a los que el paradero de última hora del Sultán se les escapa jugándoles una mala pasada.
Cinco años (1354-59) llevaba reinando Mohamed V, un sultán que recibió un reino seguro, estabilizado, bien defendido por la red de castillos, fortines fronterizos y torres vigías que hereda del visionario Yusuf l, su padre, quien derrotado en el Salado entiende la supervivencia de su Reino más en los pactos y negociaciones que en la guerra abierta contra los Reinos Cristianos; sin embargo las ambiciones, la sedición secreta de parte de la nobleza nazarí propicia la conspiración de Abu Said, y su cuñado, el Infante, los cuales saldrán triunfadores en esta noche que llamaremos “la noche en la que mataron a Mohamed V”, si bien no tal y cómo ellos desearon. Y ahora se verá en qué punto el plan falla y aún saliendo victoriosos tras el baño de sangre, el plan no culmina en el punto exacto en el que ellos calcularon un éxito fulminante.
Una segunda versión de esta noche dramática sitúa al sultán, al joven Mohamed V, en los palacios de verano: No en el Serrallo Real, donde lo buscaron, sino en las dependencias solariegas del Generalife, solazándose en compañía de alguna de sus favoritas, ajeno a lo que está pasando a escasos metros de esa Almunia Real que es la niña de sus ojos. Recreo de sus horas libres de cetrería y caza de ojeo en cuyas dehesas pasa las horas que le dejan libre sus muchas y aburridas tareas de gobierno. Esta versión añade un plus de morbo sensual a la descripción de la hecatombe: en compañía de una de sus mujeres pasa las horas, disfruta de su música y embeleso, gustoso de saborear las bellas poesías que aquellas jóvenes le recitan en su honor y en el de sus antepasados con el sonido de fondo de un perfumado laud.
Una señal extravagante a la que el sultán no está habituado le sorprende ligero de ropa, distraído en los deliquios de la noche de verano: es el tétrico sonido de la chirimía , sirena de aviso dotada de un timbre agudísimo. Aguza el oído y la vista, y observa la rareza de una antorcha en movimiento en el corredor-camino que comunica el palacio de recreo con la Alhambra. Es un aviso de extrema urgencia que obliga, como bien sabe desde los dieciséis años que comenzó a reinar, a huir precipitadamente.
Y así, cuenta esta otra crónica, tomando las ropas de su amante ocasional, disfrazado de mujer, huye a toda prisa hasta el lugar señalado por la chirimía. Bajo el subsuelo de una Torre cercana se abre la boca de un túnel, que es una de las salidas “secretas” de emergencia desde las habitaciones de palacio y compuerta también para situaciones de peligro desde donde él está; allí le espera un jinete y dos caballos. Y así huye, al decir de esta crónica, vestido de odalisca hacia Guadix, mientras que en la primera de ellas, fiel a la ubicación del sultán en el Serrallo, se descuelga por una cuerda -muralla abajo- y huye despavorido y por sus medios hacia Guadix. Eso, sí, y aquí coinciden las dos versiones, también disfrazado de mujer.
En Guadix se refugia en la Alcazaba a la expectativa de lo que pasará en la nueva Corte usurpada y va recibiendo noticias de la vesania y espíritu vengativo de su hermanastro y del todopoderoso ejecutor del plan, Abu Said , que propalan a los cuatro vientos la noticia de que MOHAMED V HA MUERTO, el Jefe del ejército mercenario Ridwan ha muerto, la corte del sultán ha sido liquidada.
Días, semanas de angustiosa espera pasa Mohamed V en Guadix, temiendo el ataque de sus rivales y calculando la huida: Sus súbditos y allegados están reducidos a la nada. Sus enemigos toman las riendas del trono sin que les tiemble el pulso. Deberá huir más lejos.
No tarda su hermanastro Ismail ll en hacerse coronar rey pero apenas mantiene el trono en su poder un año. El origen sanguinario de su ocupación acaba nuevamente en otro baño de sangre. Abu Said, “el Rey Bermejo”, no soporta la docilidad y falta de energías de su cuñado y no tarda en matarlo para colocarse a sí mismo en la cúspide de la pirámide nazarí: Manda matar a los dudosos, castiga cualquier intento de rebeldía e instaura un corto reinado oprobioso, donde hasta los poetas áulicos hacen sátira de sus vicios y le ridiculizan por las calles: “Si un padre intentara casar a una de sus hijas en este tiempo, encontraría en los sepulcros el mejor de los maridos”, se maldice por las callejuelas y cafetines y se extiende esta frase lapidaria como expresión del desgobierno y espíritu venal de Abu Said, que se hace coronar como Mohamed Vl.
Desde Guadix, en el punto exacto de la desesperación, Mohamed V manda emisarios dejando constancia de su milagrosa supervivencia. Sigue vivo y luchará por sus derechos aún sin recursos, excepto la fidelidad de los desconocidos que han de quedarle entre sus súbditos y no ahorrará esfuerzos en demanda de socorro. Una de esas misivas llegará a su amigo y aliado el Rey de Castilla, Pedro l, “Pedro el Cruel”, en cuya amistad han concertado desde siempre importantes acuerdos más allá del mero vasallaje nazarí: Tratados de Alianza, un pacto de Mutuo Socorro, además de mantener una extensa colaboración que incluye el préstamo de soldados, fiducias económicas y hasta el traspaso de artesanos y albañiles que Pedro l necesita para reformar y ampliar los Reales Alcázares sevillanos, capricho mudéjar del rey castellano -criado en Sevilla- que adora el arte andalusí. La importancia de Pedro El Cruel, en los avatares del sultán granadino serán cruciales a partir de este momento.
Pedro l toma buena nota del cambio producido mientras Mohamed V calcula sus bazas y prepara en secreto su huida hacia África, al reino de los aliados meriníes que tienen su corte establecida en Fez. Las noticias que le llegan de la capital son cada vez más turbias y dramáticas para sus intereses.
Por fin logra embarcarse, quizá en Adra o en algún otro puerto de la costa oriental y huye definitivamente a Fez, donde es recibido magnánimamente por el emir meriní y no tardarán en llegar su secretario y después Visir, Al Jatib, y el discípulo de éste, Ibn Zamrak, y los escuetos funcionarios de la corte que han logrado burlar la pérfida persecución de Abu Said. Y desde Fez iniciará la cuenta atrás de su vuelta al Poder, la reconquista de un reino perdido a manos de un usurpador con escasas dotes políticas.
Ceñidos a una tercera crónica, la más documentada y prolija, los hechos se suceden de la siguiente manera:
En mala hora Abu Said pacta con las fuerzas aragonesas en perjuicio de Pedro l. El rey castellano apostará por Mohamed V, y serán precisos tres años de exilio, (1359-62) tres años de preparativos hasta que Mohamed atraviese el Estrecho y aparezca clandestinamente en Ronda. Será desde aquí desde donde las fuerzas de Pedro l y las escasas aportaciones de los partidarios de Mohamed V -reclutadas con dificultad- destrocen en Guadix al ejército de Abu Said en cruelísima batalla y terrible derrota.
Al desgraciado Abu Said sólo le quedará intentar congraciarse con el rey castellano en Tablada, a donde acarreará parte del tesoro real nazarí en bestias y carros, él mismo vestido de casaca escarlata y montado sobre un burro -en señal de sumisión- antecede a la comitiva. Pero la traición ha sido imperdonable para el “justiciero” Pedro l.
Dice la crónica de López de Ayala, que no bien presentados los “respetos rituales y la petición de perdón” por parte de Abu Said, es el propio monarca castellano el que lo alancea y mata delante de su tropa.
Abu Said, “el Rey Bermejo”, Mohamed Vl, murió joven, dicen las crónicas, de muerte ignominiosa y humillante. Su cabeza envuelta en un sudario de sal fue enviada a Mohamed V, como correspondía a la costumbre de la época. Derrotado, perseguido por la sombra de su propia infamia tuvo un trágico final.
Enseguida Mohamed V (1362-91) recuperaría el trono y se asentaría en él casi tres décadas dedicado a preservar y asentar sus fronteras, a gobernar con destreza y fina diplomacia el Reino y a construir y embellecer sus palacios (y la ciudad entera) dejando para la posteridad el legado más completo, amplio y generoso de todos los sultanes granadinos.
Volverán más tardes las intrigas e incertidumbres de palacio con nombre propio y nuevos complots con sangre otra vez en torno a su visir Al Jatib, pero esto lo contaremos otra noche.

 

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Un comentario en “LA NOCHE QUE MATARON A MOHAMED V

  1. Apuntar un dato más muy interesante; entre los obsequios que el rey Bermejo llevó a la corte de Pedro el Cruel en Sevilla se encontraba una joya que actualmente forma parte de la Colección de la Corona Británica: el rubí del Príncipe Negro.

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