Pasión y muerte de Ibn Al Jatib.

“O Saturno devora a sus hijos.”

 calabozos

El pasado 2013 se cumplieron los 700 años del nacimiento de Ibn Al Jatib, el gran erudito, médico, político y poeta granadino, una figura gigante en las letras y en la historia de aquel último Reino musulmán de Occidente sin que al parecer nadie o casi nadie haya reparado en ello.  Para empezar, a nosotros mismos se nos pasó, como a tantos otros, la coincidencia con el “milenio” y sin ir más lejos los propios gestores  de  EL MILENIO DE GRANADA sufrieron una amnesia inoportuna que que dejó en el limbo a quien en sí mismo es una luminaria, que así entre tantas salvas inoperantes de unos y otros se nos se nos fue a todos la oportunidad de recordar  a uno de los más grandes del “orbe milenario”.  Al menos en los ámbitos de la ciencia, de la historia, la literatura y la política, nadie alcanzó su altura y su anchura, según defienden los que le han estudiado a fondo, Emilio G. Gómez entre otros. Un personaje al que la adscripción al ámbito musulmán ha condenado al desconocimiento como paso previo al olvido más ramplón a pesar de su voluminoso y concienzudo legado de casi setenta obras que abarcan una producción inconmensurable. Y eso que allá en la otra orilla mediterránea, como señala con gesto reivindicativo su último biógrafo, Marceliano Galiano, (El Cautivo de Granada, editorial Almuzara) no sólo es conocido y apreciado, sino considerado un Clásico.
1313 fue su año de nacimiento en Loja, setecientos años de olvido que oscurecen su perfil biográfico tanto como agrandan la calidad de su empeño deliberadamente entregado a la pasión de preservar una cultura todavía en auge, influyente y viva, frente a las sacudidas fronterizas del Coloso cristiano. Aunque su vida la marcó la dedicación a los asuntos públicos, en mitad de todo ello sacó tiempo para legarnos tratados de medicina, de retórica, de tratadística religiosa, de historia y geografía y la más densa y complicada poesía del ámbito de Al Ándalus, al decir de los arabistas y traductores que suelen quemarse las pestañas para traducirle con corrección Y sin embargo todo en él,o casi todo, fue grande, metódico y laborioso en extremo, menos su muerte. Y a ello, a su muerte, vamos a dedicar unas líneas.

De familia pudiente aprendió pronto las artes y usos de la Corte, no en vano su padre ocupó un cargo en ella, pero su amplia preparación y conocimientos le hicieron acceder por méritos propios a la cima del Poder nazarí donde sirvió con buen juicio los designios de dos sultanes distintos. Con buen tino supo ligar la Corona a la estabilidad de las fronteras y pactos con los reinos vecinos, crecidos y todopoderosos desde la batalla del Salado y por todo ello y por su buena mano se le llamó “el de los visiratos”, pues sirvió como ministro tanto a Yusuf l como  más tarde a su hijo Mohamed V, como Primer Ministro y Jefe también del Ejército regular, algo inusual en los avatares de la monarquía nazarí.

El “Lisan al Din”,o “lengua de la religión” como era conocido por su facilidad oratoria y la belleza de su discurso, el doble visir, el médico que por primera vez acuñó el concepto de “contagio” y prescribió la cuarentena y quema de las ropas de los enfermos de peste negra no limitó su horizonte de intereses a una sola actividad sino que con un afán enciclopédico tocó todas las ciencias de la época; fué maestro de la Madraza, jurista, embajador, ministro… y dejó para la posteridad las reseñas más valiosas de la historia del Reino Nazarí y de todos los nombres y personajes importantes de la época.
Su biografía, tan larga como compleja, cubre espacios muy distintos. Durante el día su actividad política no hallaba reposo: administración, asesoramiento a la Corona y recepción de embajadas, así como gestiones directas allende las fronteras. Muy comentadas son las “apostillas en los márgenes de los legajos” con las facilitaba las sentencias del Sultán, unas en tono humorístico o faltón, otras llenas de ingenio. Cabe pensar que por la noche descansaba, pero no era así: su reposo nocturno era del todo  imposible por culpa del insomnio y era la escritura, el cálamo y el papel, el que le permitía “vivir dos vidas”, como se le llamaba también.  Y aún le quedaban espacio y energía para sus otras ocupaciones. Si como político fué hombre de buen juicio y acertada estrategia con una amplia hoja de servicios a los dos reyes a los que sirvió, la sombra de la ambición, el miedo a la traición  y sus veleidades  religiosas le causaron al cabo de varias décadas de ejercicio casi absoluto de poder,  los odios y resentimientos más feroces de sus detractores.  De tal grado que terminan por suscitar en su entorno todo tipo de difamaciones y bulos, como el que le arroja a los pies de los caballos acusándole de estar en “arreglos” con el sultán mariní, (convencido quizás de que la única posibilidad a largo plazo de supervivencia del acosado reino granadino pasaba por la unificación con los emires norteafricanos), enemigo de Mohamed V.
Rumores de palacio que llegan a sus oídos  y le obligan la exilio en el año 1372.
Los días finales de Al Jatib huyendo de la Corte, con la excusa de revisar las fortalezas defensivas y embarcándose en Gibraltar hacia Ceuta pusieron en bandeja su cabeza.

En efecto, Al Jatib, murió víctima del Rey al que había honrado, Mohamed V, de la mano de su protegido y mimado discípulo Ibn Zamrak en la cárcel de Fez. Allí quedó preso al morir asesinado su protector Ib Selim y tomar el trono un nuevo sultán enemigo del anterior apoyado por el rey granadino. Sus andanzas en las cercanías de la Corte mariní primero en Tremecén, más tarde en Fez, durante dos años, son la antesala de su final captura y terrible castigo.

En Fez, alentado por el sanedrín granadino, se le hace un juicio sumarísimo por tres graves delitos:  Alta traición, enriquecimiento ilícito y herejía, ésta última por su devoción, sincera  o fingida al el sufismo de moda en la corte y al que él ha dado compleja literatura y encendidos cánticos.

Odiado por sus rivales, víctima también del clima de inmoralidad de la época, temido como un formidable enemigo, la condena a la pena a muerte no se  hace esperar ni se consuma conforme a los dictados y procedimientos de la época.
La comitiva granadina que ha acudido al proceso encabezada por el propio Ibn Zamrak, contrata a unos sicarios que asaltan la cárcel donde Al Jatib está preso y donde ha sido sometido a tormento, y allí mismo lo estrangulan.
Al día siguiente lo hacen enterrar sin cumplirse las normas funerarias prescritas por el Corán y  a tal extremo llega la insania de los esbirros granadinos que su  tumba aparece saqueada y su cadáver quemado para que jamás halle reposo. Sus hijos esculpen un nuevo título a sumar a Al Jatib: “el de las dos tumbas”.

Saturno, Dios de la guerra, de la ambición y del Poder, no saciaría su sed absoluta en Al Jatib; unos pocos años más tarde los herederos de Mohamed V se tomarían una nueva víctima en el propio Ibn Zamrak, al que harán degollar junto a  todos sus hijos en presencia de sus madres en otro espantoso baño de sangre.

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