LA PEDRADA DE ANGEL GANIVET

Angel-Ganivet. Secretos de Granada

En marzo de 1925 son trasladados, desde Riga, Letonia, los restos mortales de Angel Ganivet a Granada. En la capital del Báltico, donde Ganivet ejercía de Cónsul, reposaban en humilde y llana sepultura  tras su muerte por “suicidio irresponsable”, como certifica el acta de defunción oficial con fecha de noviembre de 1898, en las heladas aguas del río Dágova, (Dwina, en traducción un tanto caprichosa de aquella época). Su muerte, cumplida en una segunda intentona tras ser rescatado con arduo esfuerzo de la primera por la tripulación del barco,  fué sin duda un colofón tan extraño y desarreglado como la propia biografía de este autor granadino desdeñado y amado a partes iguales que concita contradictorias reacciones de apego y desdén y tan pronto pasa al olvido por anacrónico o desfasado como es reivindicado por los vates y albaceas de la Granada “de siempre” como su gran figura filosófica.

Esta fecha que coincide con la pérdida de las últimas colonias de ultramar, el natalicio de Federico G. Lorca y de la conocida “generación del 98”, de la que en alguna forma Ganivet es un precursor, concita un sinfín de lamentos y autoflagelaciones  que tienen también como centro a nuestro ilustre compatriota.

Para el traslado de sus restos la ciudad inicia una cuestación popular a fin de honrar la memoria del Hijo Ilustre con un monumento acorde con sus méritos, y a ello se apresta el original y avanzado escultor Juan Cristóbal con varios bocetos escultóricos que causan rabiosas polémicas y encendidos menosprecios que por poco dan con su equilibrio mental al traste. Y llegado el gran momento de su arrivo  al bosque de la Alhambra, camino del cementerio, con toda la ciudad en pié acompañando el féretro de aluminio “del hijo de molinero”, da lugar a un escándalo monumental  al descubrirse la escultura del aguerrido carnero vertiendo agua por la boca y la efigie de torso desnudo de Ganivet a sus espaldas, todo un icono dudoso, según los detractores, que por poco acaba en un tumulto. Los murmulos de rechazo, los pitos y empujones sólo encuentran oposición en el silencio invocado por los amigos del escultor y los tertulianos del Rinconcillo: los intelectuales de la época; los García Lorca, Ruiz Carnero, Mora Guarnido,  Hermenegildo Lanz …y la hueste modernista que apoya en todo momento al escultor. La llegada al cementerio se hace entre murmullos y comentarios de tono subido de una y otra parte que ha de silenciarse con palabras mayores y algún grito atrabiliario, según remiten las crónicas de la época.

Una comitiva científica se ha trasladado unas semanas antes hasta Riga, donde se han reconocido los restos mortales de Ganivet. Una comitiva entre las que se encuentra el médico de su infancia, el catedrático y Rector, Doctor Garrido, que le ha sobrevivido, amigo suyo, que lo ha tratado en la niñez de dos inocultables percances: el primero se refiere a una de sus piernas, tratada de una brusca caída de caballo o desde la rama alta de una higuera, según otros eruditos, con una cangrena galopante que hace dudar si cortar o esperar un milagro de la providencia;  ochos años de correteos infantiles por las riveras del Darro, las acequias y plazuelas del Realejo, de cuyas secuelas han de quedar cicatrices y de la cual se recuperó con un extraordinario ejercicio de voluntad por no perderla o quedar cojo. La otra marca indeleble y menos divulgada pero no menos apreciable, es una violenta pedrada en la frente que le hunde de por vida unos milímetros el hueso frontal.

Al parecer los huesos de la pierna malherida dejaba alguna duda pero ésta desapareció del todo al acercar la vista a la cabeza y mostrarse el inequívoco hoyuelo de aquella pelea a pedrada limpia protagonizada por la pandilla de los greñúos, (de los que Ganivet era asiduo) contra los del barrio de la Virgen, en la ensenada del Genil, divisoria de los dos bandas enemigas y rivales que allí protagonizaron la inmortal pelea que tan bien rememora el propio Ganivet en su croniquilla, “ Una derrota de los greñúos”…

Si traemos estos lances a colación no es sino por explicar a nuestro modo el alma de esta ciudad en la que vivimos trayendo por los pelos al propio Ganivet al que aman las huestes tradicionales podándole su agnocitismo y sentido crítico y al que perdonamos la vida los agnóticos recortándole sus ramas castizas o costumbristas. “Alguien de los nuestros”, “Alguien de los vuestros” que le harían un lío al mismisimo M. Scorsese.

En fin, discúlpesenos la anécdota  para hablar ya por derecho de lo que más nos importa, demos un salto y hablemos por un momento de su obra.

Desde el punto de un lector, hay en la obra de Ganivet cal y arena, materia prima fundamental para la construcción de cualquier edificio desde luego, pero son preciamente las catalogadas como obras menores las más enjundiosas y gratas de un autor que recaló en la filosofía y el ensayo político, en el teatro, la poesía o los libros de viaje, aunque es en las filosóficas donde se concretó de forma más explícita su fama de escritor que le sitúa en las enciclopedias y diccionarios como figura de pensador de valía.

De su gran obra, “IDEARIUM ESPAÑOL corrigen los expertos contradicciones y errores de bulto que sólo en su realismo pesimista se alivian las meteduras de pata como supieron leer sus continuadores de la Generación del 98, o Azaña mismo, entre otros, yendo un poco más allá de su diagnóstico de los “males de España” en su “abulia por haber ido más lejos de lo que le correspondía”, o como diríamos ahora, el pasotismo.  Libros como “Granada la Bella”, “Hombres del Norte” o “Cartas finlandesas”, muestran un Ganivet más abierto y vitalista, menos pretencioso y con los sentidos más dispuestos y espontáneos que en su “Idearium Español, “La trilogía de Pío Cid”, o el “Escultor de su Alma”.

Biografía tormentosa la de Ganivet, vida aguijoneada por el mal incurable de la melancolía y la depresión periódica, por los alardes de un genio asistemático y por tanto ambiguo, dominado por sus grandes pasiones:

La ciudad rota por la boca sus ríos: “ninguna ciudad se averguenza de sus ríos se lamenta en Granada la Bella y los tapa”; la obsesión por la línea recta es de temperamento anglosajón, nada que ver con nuestras ciudades mediterráneas pletóricas de sol y de luz; los ensanches interiores merman y destruyen el corazón de la ciudad…

La conflictiva relación sentimental con las  mujeres forma parte inevitable de sus erráticos pasos vitales -esquivas o en los dos polos de la relación sentimental, sumisas o fogosas-, Ganivet era un alma cautiva de sus sentidos y de su enorme raciocio autodestructivo: con la primera mujer tiene dos hijos y una convivencia fragmentada y dudosa que no prospera; su amante cubano-valenciana a la que espera horas antes de su suicidio, no colmó tampoco sus ansias y deseos; las relaciones convulsas en los prostíbulos de la Manigua granadina (donde probablemente se contagia de la sífilis) acelerará su enfermedad mental; la mujer de un Embajador finlandés de la que está profundamente enamorado se traslada a Riga y él fuerza su propio traslado para estar cerca de ella…

Y  por supuesto, en su mente preclara en ocasiones, van y vienen las glorias literarias por cumplir que conforman su modo de vivir en el extremo de la incandescencia nocturna: torrencial y casi espontaneo modo de escribir buena parte de su obra en la lejanía de Helsinky (entonces Hensilforgs) en poco más de tres años. De allí nacen “Granada la Bella”; “Hombres del Norte”, “Cartas finlandesas” y otras.

Murió muy joven, 32 años escuetos, en los que divisó la cátedra negada, y tres consulados y una obra en los que dejó impresiones perdurables y luces y sombras:  interesante por momentos, moderna y arcaica a la vez, confusa, y a ratos con las vibraciones de la luz y agua de los molinos de Granada y sus rincones más bellos y universales llenas de atractivo.

Sin duda Ganivet hubiera evolucionado si no hubiera ahogado el tiempo en sus manos hasta acabar vacío, pero no podemos sino agradecerle las inolvidables páginas que nos ha regalado en esas “obrillas deliciosas llenas de encanto y disparates”: ¿Alguien puede entender su rechazo al alcantarillado público por la defensa numantina de los aguadores y sus burros y pregones pintorescos?. ¿El rechazo del alumbrado público por las velas y lamparillas de aceite y el brasero?. ¿El viaje en carroza frente  a los ferrocarriles?.

Así era Ganivet. Y así se lo vió aquel día su amigo el doctor Garrido que le hizo el reconocimiento y  resolvió la ecuación de sus huesos en la tumba de Riga. Sí, es Ganivet, dijo el galeno: “Tiene la pedrada en la cabeza”.

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