ALONSO CANO, OBRA MAGNA Y VIDA TURBULENTA

Rey de España, uno de los lienzos de Alonso Cano en el Museo del Prado.

A la hora de estudiar la vida y obra de Alonso Cano, el gran artista granadino, el más completo sin duda del barroco español, uno encuentro tantos ángulos de sombra que queda perplejo y desorientado, más aún si contempla sin prejuicios previos su obra artística.

Su vida se puede contar con los mismos saltos de fecha de una biografía común: nace en Granada en el 1601, hijo de retablista o entallador manchego y madre albaceteña quienes se trasladan a Granada al calor de los grandes proyectos monacales y parroquiales del momento que hacen de la ciudad un lucrativo vivero laboral para artistas acreditados o aprendices destacados. A los diez o doce años ya da muestras de un singular talento para el dibujo y la talla y los amigos de su padre no dudan del genio precoz del muchacho que es capaz de dibujar, pintar e imitar a su progenitor con las gubias a la altura de sus mejores colaboradores. Con catorce años se traslada con su familia  a Sevilla, que es una  capital rica y despilfarradora donde el padre puede ganarse muy bien la vida con su oficio. Enseguida pasa a tomar clases con el gran maestro de la época que es Pacheco y aquí coincide con Velázquez, con el que más tarde compartirá momentos de buena vida y esplendor cortesano en el Madrid de Felipe IV y con el que hará un viaje más tarde a Italia a la búsqueda de obra para la Corona mientras arreglan la pinacoteca real de desastres diversos e incluso incendios. Pero antes ha pasado el aprendizaje en al taller de talla de Martínez Montañés con el que asombra también en el arte de la escultura y la imaginería no tardando en soltar amarras y firmar por primera vez -con veinte y pocos años- el retablo de Santa María de la Oliva, en Ecija, tras dejar constancia de su habilidad y talento en una de sus primeras pinturas al óleo dedicada a San Francisco de Borja: tenebrista y con la impronta de Pacheco, pero muy bien considerada entre los entendidos por su soltura y maestría.

En 1627 ya está casado aunque muy poco despúes muere de parto su primera  esposa, María de Figueroa, y en en 1631 se casa por segunda vez con Magdalena Uceda, una niña, cuentan sus biógrafos, poco más que adolescente, tan inocente como al parecer  víctima maltratada por el genio brusco y violento del artista, de cuya muerte en el 1644 -por apuñalamiento- es acusado el propio Alonso purgando con cárcel, tortura y persecución una acusación que después no pudo probarse como cierta.

Ya vive en Madrid en esa época, es pintor de la corte del valido Condeduque de Olivares por cuya intercesión logra librarse de mayores males saliendo de la cárcel y refugiándose en un convento de monjas en Valencia durante un año y desde allí vuelve a la capital para acabar el retablo de la Catedral de Getafe, cumplimentar tareas de oficio en la Corte y para salvarse in extremis de variados conflictos por deudas, impagos y préstamos en mora, que le han llevado en más de una ocasión a la cárcel.

En estos años realiza una ingente tarea de pintura por encargo, obra oculta actualmente, mal conservada por lo general e incluso espoliada y traslada al extranjero con la que enjuga sus más variados y sorprendentes pufos financieros de mal pagador.

Sus biógrafos coinciden en señalar que el iniciador de la escuela granadina de pintura y escultura  tenía fama de hombre pendienciero y brutal, de tan fino olfato para su orgullo como despótico y despreciativo con sus congéneres a los que no ahorraba pullas, denuestos e insultos, tras de lo cual menudeaban los duelos y amenazas “siendo de ello males muy severos para el artista granadino” que más de una vez terminaba dando con sus huesos en las mazmorras.

Resulta por tanto sorprende que en mitad de estos gravísimos conflictos y tormentas mayores el Artista encontrase la calma suficiente para crear su obra. Sorprende también lo ingente de la tarea realizada tanto en pintura como escultura e incluso arquitectura y sorprende más aún que lo anterior que de ese carácter imprevisible y montaraz saliese una obra tan bella, armónica y “celestial” como la que Alonso Cano nos ha legado.

Rompiendo la moda del “tenebrismo sevillano” dejó entrar la luz y el aire en sus cuadros, el colorido delicioso, el movimiento y las formas cuidadas para dar esbeltez y elegancia a sus imágenes, la belleza a raudales, la hermosura de la juventud, la melancolía plenamente barroca de esas imágenes “venecianas” que miran al mismo tiempo hacia dentro y hacia fuera de sí mismas. Un caso proverbial  de cómo no se puede confundir persona con personaje y personaje con artista pues por un secreto y desconocido mecanismo interior cada creador filtra sus humores y sustancias a su manera drenando en un sentido imprevible su creatividad y talento.

Y así, tal como era frecuente en la época, tras las pasadas y juveniles grescas  que incluyen compra venta de esclavos negros, peleas callejeras y negocios tan oscuros como especulativos,

-su antisemitismo a flor de piel le hacía bañarse de arriba a abajo si recibía el más mínimo contacto con judío-, Alonso Cano parece que quiso sentar cabeza y solicitó la prebenda catedralicia de Granada con un cargo de racionero. Cargo que le aseguraba una buena remuneración y un pensionado de por vida a cambio de alguna aportación menestral. A él se le encargaron las grandes pinturas del retablo Mayor (previo pago, no barato precisamente) y otras imágenes tan seductoras como la Inmaculada de la sacristía que crearon escuela. Aconsejó aquí y allá, se dejó mirar por una escuela de discípulos que continuaron su estilo y disciplina. Dibujó, al menos, el proyecto del convento del Santo Angel Custodio, hoy desaparecido, e influyó en la Magdalena.  Más tarde, ante la caótica situación de las obras de la fachada principal de la catedral (Las Pasiegas) y con grandísima oposición de casi todos los canónicos (que le odiaban cordialmente) aceptaron su proyecto magno, la gran portada del edificio catedralicio, donde se soltó el pelo e ideó una fachada única en su género saltándose los órdenes clásicos y el manierismo imperante de la época.

La crónica biográfica dice que “murió pobre, atestiguando que no dejó nada para misas”.

Sin embargo su estatua situada en los alrededores de la catedral mantiene un cierto poder carismático: contaba un amigo que de paso por la plaza que lleva su nombre observó en varias ocasiones a una señora mayor rezándole a la estatua y un día ya no pudo por menos que esperarla y al darse la vuelta decirle:

-Señora, que esa estatua no es de un santo, precisamente. A lo que la buena mujer replicó airada: ¿que no es santo?. Pues a mí ya me ha hecho varios milagros…

 

Rey de España, uno de los lienzos de Alonso Cano en el Museo del Prado.

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