SAN JUAN DE LA CRUZ EN GRANADA, CONSUELO Y DEVOCIÓN DE UN SANTO MÍSTICO PARA LAICOS.

Carmen de los mártiresAzulejo en memoria de San Juan de la Cruz en Carmen de los mártires, Granada.

Seis años, desde el 1582 al 1588, pasa San Juan de la Cruz en Granada como prior del noviciado carmelita de los Mártires; años de indudable asentamiento emocional y fertilidad creativa que sean quizá con mucho los más tranquilos y felices de este santo carmelita que sufrió penalidades sin cuento, fríos y calores de todas clases y hasta “algún hambre” y salió vivo por los pelos de la persecución de sus propios correligionarios, los carmelitas “calzados”.
Es en este entorno del Carmen de los Mártires, desde siempre dotado de una belleza natural, agreste y humanizada al tiempo, donde su corazón se expande y cobra sus mejores frutos al lado de un puñado de decididos novicios en un contexto en el que naturaleza, agua y luz son el mejor ejemplo de la Grandeza del Creador, al decir del santo y poeta que con todo ello ilustra a sus discípulos. Aquí cultiva sus dos grandes virtudes: la poesía y la contemplación espiritual y no es de extrañar que en circunstancias más propicias su obra se asiente y culmine y cobre esos matices, colores y timbres, que la hacen única, quizá porque admite muchas lecturas desde ángulos muy diversos y no se agota en el texto porque el texto está dotado de un vigor generativo que le hace nuevo cada vez y vale tanto para un joven como para un mayor. Como una declaración de amor platónico o como un salmo religioso dedicado a Dios. Hay que subrayar, sin embargo, que antes de llegar aquí, a este impensable paraíso, Juan de la Cruz, sufrió tremendos y dolorosos avatares personales por su implicación con Teresa de Jesús en la reforma del Carmelo, a la sazón despojado de la coherencia de su antigua regla monástica y caído en una charca de desafección y vicio que reclama un cambio urgente por la vía de los hechos.
En efecto, el Carmelo Calzado se había convertido en una apéndice del poder, la pobreza brillaba por su ausencia, los casos de inmodestia, abusos y degeneraciones andaban a luz del día y a combatir aquello dedicaron todas sus fuerzas los reformadores hasta asentarse como “Descalzos” con todos los derechos. …Y algunas Causas pendientes con la Inquisición que les pisaba los talones por sus origenes hebraicos o sus supuestos desvíos iluministas o judaizantes, que ambas acusaciones iban a la par en muchos casos. Atrás han quedado dos secuestros previos a manos de sus hermanos los”calzados” y la dureza de los inicios de la Reforma en circunstancias casi imposibles hasta ir concluyendo el periodo fundacional en una enconada secesión torpedeada por los “calzados” en episodios que llegan al paroxismo con la intervención de las Autoridades religiosas y las denuncias con las que intentan anular la reforma sin pararse en barras en el secuestro del propio Juan de Yepes en dos ocasiones. Una cautelar y la siguiente de nueve meses, vendado, atado y echado a un carro como un fardo camino secreto hasta Toledo donde es encerrado en una letrina y come los despojos de los otros frailes y sufre sin luz ni apenas oxígeno las evacuaciones del convento. Por suerte el 16 o 17 de mayo de 1578 lograr fugarse -con la complicidad de un hermano de orden- saltando con una cuerda la alta tapia del convento calzado y refugiándose en sagrado en una Iglesia.
Un año de reposo en Avila, -junto a Teresa de Jesús- le sirve de recuperación y consolidación del proyecto fundacional de nuevos conventos, éstos sí, con la nueva regla y los tres votos cumplidos sin laxitud, de pobreza, castidad y obediencia. Pronto son media docena de conventos los que se fundan bajo ese amparo a los que nutre con su ejemplo de vida retirada y exijencia espiritual.
Hacia 1581 inteviene en La Peñuela, (La Carolina) y Beas de Segura y al año siguiente Juan de la Cruz ha fundado el convento de Baeza y entra en contacto con Ana de Jesús, a quien Teresa de J. llama “su capitana” para la fundación en Granada de un convento descalzo que no tardará en llegar. La pequeña comunidad se asienta en una modesta casa de la Cuesta de Gomérez donada por Doña Ana de Peñalosa y el no tardando mucho el Conde de de Tendilla les ofrece hacer obra pía en la parcela de los Santos Mártires donde estuvieron los silos-mazmorras reales nazaríes y los cautivos de las algaras, (y los RR. Católicos han fundado una pequeña ermita en su honor),

y es ahora un secano que el prior mejorará creando un modesto convento y poniendo en valor las huertas y el cauce de la acequia real que más tarde dispondrá de un acueducto.
Es un periodo de vida de extraordinarios frutos: Baja a confesar a las monjas descalzas, establece un hilo relacional muy sutil, en particular con Ana de Jesús y con el resto de conventos de la región y ese clima de contemplación y oración interior produce un sosiego espiritual tan generoso que aquí culmina su obra, al menos la que nos ha quedado, a todas luces escueta y cercenada por las persecuciones inquisitoriales que sigue sus pasos con denuncias anónimas y obliga en un intento de “evitar pruebas” a quemar toda esa correspondencia fluída que el santo ha ido enviando a cuantos conventos se lo solicitan con poemas para las fiestas conventuales o acontecimientos internos como profesiones o efemérides. Quizá algún otro poemario hoy desconocido se perdió entre aquellas llamas.
Treinta y una estrofas traía ya hiladas del presidio toledano, aprendidas de memoria y cantadas a la par para evitar el olvido y aquí, en los Mártires se moldean definitivamente al tiempo que nacen otras como “La noche oscura del Alma”, “los doce romances”, “La llama de Amor Viva”. Si este material se salva de la persecución inquisitorial es por la estricta vigilancia que de ellos hacen las hermanas confesas, en particular Ana de Jesús, albacea de algunos de estos poemarios transidos de emoción y sensibilidad hechos al calor del “cantar de los Cantares” de Salomón, pero que recogen también -en sabia elaboración- toda las nuevas artes de componer del siglo de Oro y sus influencias del “dolce estil nuovo” de Petrarca, tanto como la poesía oriental de origen arábigo-andaluz y las exégesis estricta del misticismo de Abén Arabí de Murcia, por ejemplo, siempre en la ejecutoria y el cuidado de no chocar con la ortodoxia Tridentina.
Obvio resulta ya a estas alturas advertir la sicosis política y religiosa de la época con los terribles “Estatutos de limpieza de Sangre”, el temor a las herejías protestantes o ultracatólicas que tantos miles de “herejes” llevaron a la hoguera. El origen hebraico del santo de Fontiveros (Avila), hijo de un modesto tejedor de buratos de Yepes, (Toledo), era ya motivo más que sobrado para la sospecha. Y ello a pesar de que quedó huérfano a los 4 años, con dos hermanos más que se medio mueren de hambre y obligan a la madre a pedir el registro de “pobre de solemnidad” en el concejo de Arévalo y Medina del Campo, donde han de emigrar. A pesar de su ordenación como fraile y su vida intachable. Todo era motivo de sospecha. Con ocho años ayuda a misa y hace los recados en el “hospital de bubas (enfermedades venéreas), de Medina del Campo (Valladolid), donde aprende las cuatro reglas y la lectura, y es admitido en el Colegio jesuita a cambio de su contraprestación laboral. Ya adolescente estudia gramática, latín, retórica… con los Jesuitas de Salamanca. Pero no tuvo tiempo de estudiar teología, el hoy tenido como Doctor de la Iglesia.
Su camino fue otro: el camino de la perfección interior que le lleva a exponer con más claridad su idea de Unión Espiritual, los estadios de evolución hasta llegar a la Unión Mística que no es sino la renuncia a la mundanidad entendida como elementos superficiales del vivir por una concentración intensa en lo que él estima que es el TODO, la Unión con Dios, el desprendimiento absoluto de todas las bagatelas del mundo.

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