“MARIANA de PINEDA: CARÁCTER Y DESTINO”. 

MARIANA DE PINEDA, grabado barcelonés para web

Los avatares biográficos de Mariana de Pineda (1804, 26 de mayo, 1831) no dejan de ser tristes y penosos desde su mismo nacimiento. Nacida de madre soltera de la unión extramatrimonial de un capitán de navío perteneciente a la Orden de Calatrava con una criada, hija de labradores, vino al mundo en unas circunstancias infelices bajo el oprobio legal de “hija ilegítima de Don Mariano de Pineda y de Dolores Muñoz Bueno, como así consta en el Registro Civil. Unión que resultó un completo fiasco dada la diferencia de rango y clase social y sobre todo, la falta de afecto que se mostró evidente desde primera hora.

El padre y la madre se asientan en Granada después de una breve convivencia en Lucena y Sevilla y Don Mariano viene aquejado de una grave enfermedad que apenas da tiempo al reconocimiento de paternidad y al consiguiente traspaso de propiedades a  María Dolores Muñoz. Ésta lo abandona por otro hombre con las prendas de los derechos de sucesión en una mano y la hija, la pequeña Mariana, apenas de meses, en la otra. Denunciada la situación y la madre por “abandono de hogar”, Mariana es reclamada por el padre bajo su techo, en estado terminal si cabe, lo que le obliga a pasar la tutela a su hermano, José Pineda, ciego de nacimiento, inválido para atender las necesidades de una niña de meses que no puede cuidar y le obliga a entregar  la tutela a un matrimonio de criados propios a cambio de una onerosa ayuda económica, que muy habilmente el dúo expurgará en beneficio propio, (con las posteriores reclamaciones legales de Mariana).  Gracias a esa herencia pudo Mariana estudiar, cuando creció, en el Colegio de Niñas Nobles y recibir por tanto una educación esmerada para la época, más allá del corte y confección y las normas pías de decoro tan en boga en esa época; Mariana estudió latín, gramática, geografía y ciencias naturales, entre otras materias, lo que conformó unos conocimientos y preparación más allá del habitual analfabetismo mayoritario de la época.

Crece por tanto en un contexto familiar poco estable, pues aunque su familia de adopción administra la herencia (pro domo sua, según todas las fuentes), su educación y su rango social no desmerecen de lo que corresponde a un apellido aristocrático aunque parece que sólo en ello quedó la contrapartida a falta de otras atenciones afectivas por su parte, de las que Mariana careció.

Con dieciséis años Mariana sale de la casa de la calle Animas, donde ha pasado su infancia  con José de Mesa y Úrsula de Presa, para casarse en Santa Ana, su parroquia, con Manuel de Peralta y Valle, “de forma sigilosa, debido a su condición de hija ilegítma”, ocultando un embarazo que se será en pocos meses el nacimiento del primero de sus hijos con éste militar liberal, ocho años mayor que ella. A los 18 es una joven madre de dos hijos habidos con Peralta que morirá enseguida y dejará  a Mariana en una situación de extrema vulnerabilidad económica y afectiva. Con Manuel Peralta  ha formado su propio hogar, tiene casa propia en la Calle Aguila, y su vida se desenvuelve en el contexto de la burguesía local conservadora y cerrada, desmerecida de antiguos honores venidos a menos de apellidos nobiliarios. Es una sociedad  opresiva, clerical, atada a las normas de las tradiciones con una cadena de mando que mezcla autoridad religiosa, militar y política en una demiurgo clasista, impenetrable a los nuevos aires de la Ilustración que encarnaba su esposo muerto. Las influencias de su marido, las lecturas e inquietudes propias  le llevan a Mariana por los derroteros de las ideas liberales y le acerca al compromiso con los protagonistas de un intento de pronunciamiento que encabezarán Riego y Espoz y Mina, desde Gibraltar y que acabará en un baño de sangre.

En el 1820, hasta el 23, el llamado “Trienio Liberal” da un nuevo impulso a esas ideas que ponen en tela de juicio la Alianza de la “Cruz y la Corona” que ha sojuzgado durante siglos el imaginario español.  A la joven viuda se le atribuyen en este tiempo amores con Casimiro Brodett, otro militar liberal, con el que no puede casarse por ser ella hija ilegítima e invalidar así el expediente exijido al militar. Después de Casimiro, los biógrafos, incluída su máxima estudiosa, Antonina Rodrigo, no logran desvelar sus andanzas durante casi dos años de “sombra y desaparición”.

El ambiente politico de estos años está polarizado por las dos grandes corrientes: el constitucionalismo liberal, (heredero de las Cortes de Cádiz y la Ilustración) , y la resistencia tradicionalista a cualquier cambio político y social que rebaje los privilegios de la aristocracia y del Absolutismo monárquico.  En el 1823, la entrada de los “Cien mil hijos de San Luis” para restablecer el Absolutismo significa la persecución implacable y criminal contra el movimiento liberal. Sus partidarios son perseguidos y encarcelados,cuando no directamente fusilados y el clima de persecución lleva a cientos de liberales a la cárcel. Entre ellos, al primo político de Mariana, Alvarez de Sotomayor, que pena en la Audiencia granadina la condena capital y que Mariana ayuda a escapar haciéndole pasar un disfraz de fraile confesor que le facilita la huida (y las sospechas sobre su implicación).  El ambiente no deja de ser un polvorín, una olla a presión a punto de estallar, como así sucede con el intento de Torrijos de sublevar el ejército contra la infamia de Fernando Vll, el rey perjuro que primero pactó con Napoleón, y luego con los constitucionalistas para revolverse después con una infamia incalificable contra ellos.

El compromiso de Mariana no deja lugar a dudas ni de causarle grave trastornos, pues recibe clandestinamente correspondencia de los conspiradores y sufre por ello la delación de un correligionario detenido en la cárcel de Málaga de apellido Romero de Tejada. Tiene los ojos de la reacción encima vigilando todos sus pasos.

Ya entonces estaba comprometida a fondo, y con una valentía inusitada para  una mujer de la época, con la causa de los liberales en su  lucha por la  Libertad, Fraternidad, e Igualdad. Y el espisodio de su prendimiento y cárcel se ha de buscar en el oprobioso momento de la DECADA OMINOSA con un monarca echado a la senda del ajuste sanguinario de cuentas contra cualquier sombra, por endeble que fuera, de oposición o rechazo.

Hacia el 1827 se le reconoce una relación amorosa con el abogado y más tarde ministro de Hacienda, José de la Peña Aguayo, con el que tiene una niña que no puede cuidar y es entregada a la inclusa de la Casa Cuna de la Calle Elvira. Hija natural que reconoce como propia y que pasando décadas reconocerá también su supuesto padre. Pero ya la rueda del destino templa el hierro del crimen. La conspiración de Gibraltar ha resultado un completo fracaso y sus héroes fusilados y pronto la mano asesina acercará su filo al cuello de Mariana.  Pronto se amañaron las pruebas de la falsa bandera liberal (era masónica) que ella supuestamente bordaba, su primer encarcelamiento en el domicilio propio, su intento de fuga, las cartas famosas de los conspiradores de Gibraltar que usaron de sus servicios para transmitir planes y consignas arrebatadas a su fiel criado.

Para colmar el vaso aparece la figura del Justiciero criminal Peñalosa, Alcaide del Crimen,  ansioso de protagonismo y de  dar un definitivo escarmiento a sus rivales, que la encierra en el Beaterio de Sta. María Egipciaca y la extorsiona para que delate a sus correligionarios. Una tormenta perfecta donde el consorcio del poder militar, político y religioso del momento pusieron en la balanza del Orden, la vida de una joven inocente, generosa y firme: pues pudo salvar su vida traicionando a sus  cómplices y por no hacerlo murió de la forma más brutal  que imaginarse pueda: el garrote vil.

Tenía 26 años. Era bella, abierta de corazón y de cabeza y el recuerdo de aquel crimen perduró en la memoria soterrada de la sociedad granadina hasta nuestros días en forma de romances de ciego y de coplillas que la recordaban como una mujer valiente, decidida, una heroína de su tiempo.

 

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