LA CASA DEL VERDUGO.

EL VERDUGO BASCUÑANA en un cuadrito con su HIJA.

Se sitúa la casa del conocido verdugo Bernardo Sánchez Bascuñana, decano que fué de los llamados “ejecutores de sentencias”, en el Carmen de San Cayetano, en la calle de Zafra, en un edificio del siglo XVl  que fué propiedad de Don Hernando, secretario de la Reina Isabel.  Un patio ajardinado de naranjos y cipreses antecede al cuerpo palaciego que muestra un corredor de alfarjes de madera sostenido por columnas y capiteles de acarreo y una florida balconada con columnas y arcos de buen gusto, aunque la ruina y el abandono se hayan cebado en ellos y sólo quede en razonable mal estado la armadura ochavada de lazo de la escalera, que es una joya abandonada y desnutrida como todo el solar,  amenazado por el desahucio de sus inquilinos.

Pero quien tuvo, retuvo, diría Don Hernando y en su hermoso jardín aún pueden encontrarse algunas joyas de acarreo romano, un aljibe oculto y un, a modo de mirador con vista a la Alhambra que no deja de maravillar y aún quedan distribuidas por doquier otras piezas difíciles de encontrar y hasta datar para novatos o inexpertos. Y añadiremos, alguna joya más a punto de desaparecer por abandono, pues pese a su mortal herida podemos contemplar una hermosísima escalera con zócalo de cerámica  sevillana y un rellano con vista al jardín de muy saludable disfrute para la vista.

Pues bien, aquí vivía el verdugo Bascuñana. Nacido en Carrión de los Céspedes, en Sevilla, el 20 de noviembre de 1906, verdugo titular de la Audiencia de Sevilla desde 1949 hasta 1972. Hombre de figura imponente: alto, fornido, elegante de porte y de artimañas tan sobrado que casi logra confundir a media ciudad sobre su verdadero oficio de tinieblas que lleva en secreto mientras blasona de alcurnia al tiempo que legalmente procede a ejecutar reos a garrote vil por toda la geografía andaluza.

Muy aclaratoria es sin duda su tarjeta de presentación : Bernardo Sánchez Bascuñana, “Funcionario de Justicia”. O, funcionario a secas, como aparece en su carnet. Hacían falta otros detalles para conformar un perfil “presentable” y a ello dedica buena parte de sus largos días en vía muerta esperando el telegrama de la Audiencia que le ponga en movimiento para cumplir friamente con su papel . Entretanto va a misa todos los días, o simula interés religioso ejerciendo de rapsoda de versos bíblicos en las dos cofradías de las que forma parte y añadirá otros muchos detalles y gentilezas que lograrán confundir a los que nada sabían de su dedicación y empeños que dicen más de él que mil palabras, porque  Bascuñana es de los que siempre piden al reo -tras ponerle una capucha-, que rece un Credo mientras  pone en marcha el mecanismo del garrote.

Pero  parte del vecindario termina por enterarse de sus idas y venidas y alienta comidillas y suspicacias, cuando no miedo y los cronistas afirman que cuando Bascuñana salía del portal del Carmen de San Cayetano las palomas levantaban el vuelo, los niños corrían lejos y las mujeres se santiguaban, entre otras cosas,  por verse libres de la facundia del personaje, piropeador de lujo, amante de las rimas burlescas, señor de un reino anfibio de aguas turbias y sombras que gobernaba con la frialdad de un perfeccionista suizo.

Paraba en alguna taberna con su sempiterno maletín en el que escondía los trastos de matar, brillantes como una patena, y tras bajar ceremonioso su sombrero en un saludo castizo, lanzaba algunos ripios de ocasión, (a veces propios), y al notar como los clientes de la taberna desaparecían, hacía él lo mismo: telegrama en mano emprendía nervioso y conturbado su camino hacia la estación de tren con el billete pagado hacia la Muerte, ajena.

Era entonces, el garrote,  instrumento de ejecución sumaria  personalizada: no se usaba siempre sino en (o para) ciertos delitos: se libraban de él algunos apellidos nobles y las ejecuciones en tandas o en casos de delitos de la guerra civil; su aplicación lo era para delitos de lesa sangre, asesinatos comunes, vendettas pasionales, casos infames con agravantes, bandidajes varios no políticos (a éstos se les fusilaba  al amanecer) de modo que esos casos “a garrote” solían conmocionar las mentes de la época a través de una publicidad calculada y certera que tenía al semanario EL CASO, y la prensa de la época como grandes  muñidores de aquellas  tragedias carpetovetónicas.

Tal y como aparece Bascuñana en ese documento fílmico rodado por Basilio Martín Patino (“Queridísimo verdugos”, 1972, Cifesa),  Bascuñana tenía un extraño halo ambiguo y en cierta forma maléfico. Era fino y diplomático. Usaba trajes bien cortados; cuando salía de abrigo de pieles  o capa y sombrero, nadie podría  distinguirlo de un Magistrado de la Audiencia o de un Abogado de campanillas.  Frente a los otros dos verdugos retratados en la citada película destaca Bascuñana por su aire un tanto pedante y una visión amplia y formal  de la profesión, que es más que un empleo, un oficio de mucha responsabilidad, dice. “El verdugo no condena, condena el Juez”, señala él en la citada cinta.

He aquí una muestra de sus conjeturas o quizá de su asombrosa retórica poética que involuntariamente lo retrata como el tipo cínico y pedestre que era:

“Los mandamientos de la Ley del Pancista son cinco:

primero: este mundo es un embustero

segundo: que anda muy revuelto el mundo

tercero: comer carne de oveja cuando no hay de ternero

cuarto: a mear después de harto

quinto: beber vino blanco cuando no hay tinto”.

Bien entendía en su inteligencia Bascuñana que el pasar desapercibido formaba parte de su oficio y tan bien se desempeñó en ello que murió casi anónimo, ignorante su adorada hija de tan oscuro oficio de su padre, la esposa haciendo de tripàs corazón.

En su doble vida logró pasar por lo que no era. Aún, algunos de los que lo trataron en este vetusto y decaído carmen dudan de las maldades que se le atribuyen y describen una amabilidad vecinal casi caballeresca:  Lástima que por sus manos pasaran algunas decenas de reos que no puedan decir lo mismo.

 

Y… LA TABERNA DEL VERDUGO

Subimos la Caldería Vieja y nos paramos unos minutos a contemplar la portada de la Iglesia de San Gregorio. (¡Ay, San Gregorio, San Gregorio, qué mala pasada te hicieron los fraudulentos “Rollos Plúmbeos¡. ¡Qué injusticia¡. Y pues que fuiste obispo bien pensante y buen orador y escribiente y dejaste para la posteridad aquellos Cánones del Concilio de Elvira, lo más de lo más en la vieja historia de la Granada antigua, allá por el 314 de la era cristiana, vino San Cecilio a quitarte el nombramiento de patrono de Granada. Un santo apócrifo e inventado  pudo más que el excelso y famoso Obispo que trajo luz a la Granada semidesaparecida por esos siglos y así has quedado como santo de ocasión, de apellido  Bético a más inri.. mientras las glorias se las lleva San Cecilio, el impostor, y hoy el sabio San Gregorio, “El Bético”, granadí de pro y exégeta de la virtud cristiana de entonces  queda como un modesto santo de segunda con nombre en parroquia de convento).

A unos veinte metros más arriba se sitúa la famosa Taberna del 22. Antigua  y bullanguera taberna famosa por sus vinos peleones de la costa y por las farras flamencas que su dueño por esa época, Antonio “el malagueño”, organizaba con excusa o sin ella cada tres por dos, veintidós.

He aquí el documento que nos legó Julio Alfredo Egea, poeta y prosista de la generación de los Cincuenta granadina,  sobre la taberna y sobre nuestro personaje:

“Antonio el malagueño, dueño o empleado de la tasca, genial cantaor, nos hacía flotar enardecidos con los sonidos profundos de los cantes de la tierra. Y, a veces, te asomabas a la puerta de la calle  y en contraste, oías el coro celestial de las monjas de la iglesia cercana. ¡Qué bien sonaba el latín albaizinero  de las monjitas de San Gregorio en la alta noche de los Salmos cantados¡.

Pero a aquella taberna nosotros la llamábamos la taberna del Verdugo. Llegaba el verdugo (pero, ¿es posible que existieran todavía verdugos oficiales?) como escapado de otro siglo, desde el musgo y las tinieblas de imaginados sótanos de la Audiencia próxima; llegaba con su sombrero y capa negra, tremendamente serio y silencioso. El Verdugo de Andalucía, lo llamaba la gente. Pedía su copa de vino y se despoblaban los alrededores. Antonio quebraba el cante, flotaba como un aire maldito sobre los espacios vacíos del mostrador, y creo que no respirábamos hasta que no salía, silencioso y lento hacia Dios sabe qué oscuros mundos de tragedia”.

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