¿EXISTIÓ LA PUERTA DEL ASSAD EN LA ALCAZABA CADIMA?

Sea por afición a la lectura o por contagio de las guías de la ciudad o por la curiosidad que suele ser el virus de los buscadores de tesoros en la historia escrita, dimos un día con la pretensión de hallar los restos de una puerta de la muralla Cadima que leímos había sobrevivido a hecatombes y ruinas en el solar de un carmen situado en el entorno del Mirador de la Lona.

Entre la broza de los libros de consultas, las lecturas de guías y algunos textos de especialistas se nos subió la fiebre y  la supuesta supervivencia de una puerta de la vieja muralla de los ziríes, PUERTA DEL ASAD o de los Leones, que así se la conocía, fué durante un tiempo motivo de búsqueda implacable y celo cuasiprofesional al estilo de unos James Bond desconcertados.  Pero ¡qué le vamos a hacer, a veces la fortuna te sonríe y otras se sonríe de tí¡. Y era el caso que el lugar aparecía en los textos leídos y la brújula los señalaba muy cercanos… pero ver físicamente los restos, tal como aseguraban aquellas guías, comprendimos después de varias intentonas fallidas que no estaba a nuestro alcance. Al menos en aquel momento.

Muchas vueltas dimos sin provecho buscándola por encima del mirador de Quirós o del de la Lona, e incluso por los alrededores más cercanos con resultado fallido, así que finalmente tiramos la toalla en la casa númeoro 5 de Cruz de Quirós y ahí zanjamos vergonzosamente la batalla en un es no es, que esperábamos no hallar desmetido nunca jamás.

Y en esto apareció Carlos Vilchez “y mandó parar”: no, amigo, no es exactamente ahí. Esto fué un día en el que lanzamos una bengala al aire, le invitamos a una visita guiada y ¡oh santo protector de los investigadores noveles¡ nos dijo que vendría con nosotros, pero que no, no era ahí, no era exactamente en ese número sino unos metros más allá donde se hallaba escondido el famoso estribo de la milenaria puerta…

¿Quién es Carlos Vilchez?. Un investigador serio, un arqueólogo infatigable, un profesor vocacional…y un hombre honesto y apasionado de su profesión. Con estas mimbres no se podía pensar en otra posibilidad sino en que nos echaría una mano. Y, ¿ nos la echó?. No desvelemos la trama de esta incierta historia por un anticipo o espoiler que nos arruinaría el artículo. Vayamos por partes…

Cuando lo abordamos encontramos una acogida espléndida y animosa: “claro hombre, vamos a hablar de la muralla Cadima y de  ese estribo. Solo que ahora no puedo. Dadme unos días. ¿Cuántos, Carlos?. Unos días. Es más, añadió: vais a poder tocar con vuestras manos ese estribo, que excavé personalmente hace dos décadas en el interior de un carmen que pertenece (precisamente) a un familiar mío”.

Miel sobre hojuelas, nos felicitamos al escucharlo. Esperemos que la cosa no se dilate ad calendas graecas, nos encomendamos a San Epidión patrono de las causas desesperadas.

No tardó ni tres días en llamarnos. Convinimos en dedicar una tarde a la visita y un par de semanas después, a la hora prevista, y con exactitud de cirujado Carlos Vílchez se presentó en la Cuesta de San Gregorio desde donde iniciamos un recorrido por mitad desvelador y apasionante tanto como novedoso pues nos mostró otro estribo-torre de otra importante puerta de la ciudad del milenio llamada “Puerta de los Ëstereros”.

Desde ahí fuimos ascendiendo por Cuesta del Perro Alta, parándonos donde el lugar mostraba registros de la época o  reclamaba una explicación general, por cierto, tan amena y lúcida que se nos hizo maravilla escucharle. De este modo Carlos Vílchez nos  hizo el recorrido de ese lienzo de muralla ubicándolo en sus tiempo y espacio, en el centro de una cultura diversa y singular y entre piedras, lienzos, morteros y cales desaparecidos en buen parte, se nos hizo el ascenso, calles arriba, como la salida al recreo después de las horas de clase, que ni nos dimos cuenta de haber consumido casi hora y media en poco más de setecientos metros.

La tarde primaveral acompañaba con una sutil brisa que invitaba a la pregunta y el coloquio, aunque el profesor, muy avezado en estas lides, (por lo que comprobamos),  no dejaba decaer el grupo sino que fué poniendo sobre los rellanos de las cuestas sus opiniones y estudios. No menos de cuatro paradas nos llevaron definitivamente al Mirador de Quirós y a un paso el de la Lona.

*

Aquí Carlos Vilchez tocó un timbre y la puerta cancel se abrió y descendimos por unas largas escaleras que nos llevaron al interior de una casa con un gran salón de ventanas panorámicas que ponían a nuestros piés la ciudad baja, la calle de Elvira, la feraz vega.  El sol ya declinaba- cuando apareció entre los fúlgidos rayos del sol una mujer menuda y simpática que se dirigió a Carlos con especial cariño.

-Pues aquí mi  prima, dijo Carlos al grupo, propietaria de este carmen primoroso y semioculto metros abajo de la calle mirador de la Lona. Ahora veréis aquello que tanto ansiáis.

Por una  puerta lateral  salimos al patio.

Aquí tenéis el estribo, dijo entonces Carlos Vílchez con un gesto de satisfación ante un voluminoso y relativamente bien conservado torreón de mampostería calicostrado y ladrillo:  mirar bien su altura, su zarpa aquí abajo, su envergadura de no menos de diez metros, agarrada sobre esta parata para asegurar el soporte del arco a la altura de la calle de más arriba y formar la puerta con el otro estribo desaparecido. ¿Desaparecido?. Si me dejaran picar ahí, en la calle, daría con el en muy poco tiempo, pero claro, es una calle, un imposible. En el delicado jardín bien adornado de macetas y plantas contemplamos la zarpa del estribo, su maciza composición de morteros y canto rodado con algunas hiladas de piedra de la Malahá en las esquinas. Una pieza sólida, solitaria y desconocida en el lugar donde jamás lo hubiésemos encontrado.

Aquí el profesor Vílchez alargó la explicación: estamos en el Barrio del Cenete, he excavado en varios puntos y he dado en hueso. Nada aventura a pensar que en esta ladera y tal como se dice habitualmente sea el barrio de los Cenetes. Mas bien habremos de pensar en la posibilidad etimológica de la palabra “Sened” que viene a ser “barrio en ladera”, estuviera poco habitado y no precisamente por cenetes. O quizá, señaló alguien de los participantes, el barrio provisional y efímero de los Cenetes duró poco; es sabido que estos bereberes mercenarios no eran de asentarse mucho tiempo en ningún sitio. Su modus vivendi era la guerra y quizá marcharan de nuevo al Africa.

El profesor mueve las cejas poco convencido.

Se dice de ellos que eran buenos jinetes, alguien cree que la palabra jinete o montar a la jineta viene de la palabra  cenete, pero si uno sabe algo de árabe desecha esta opinión. Que guerreaban bien es cosa segura y documentada. Practicaban con rapidez fabulosa la táctica del “tornafuga” o sea la simulación de un ataque que abría las infanterías enemigas cuando ellos cumplían el primer amago para cogerles desordenados en el segunto y fatal ataque.

La tarde se consumó en noche cerrada bajando hacia los aledaños de la Puerta de Elvira y Abarqueros. Aquí mostró Carlos Vilchez una información exhaustiva y abundante. Por un momento la noche sobrevenida nos hizo dudar del día en el que estábamos.

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