LOS DELIRANTES FRAUDES DEL PADRE FLORES EN EL ALBAIZÍN. 

“A la una de la madrugada llegamos todos a las casas del Padre Flores, presbítero, cuya puerta está frente a la de la Cárcel de la Corte. Don Manuel Martínez, como Fiscal Eclesiástico dirigía el operativo acompañado de un piquete de ministros de la Justicia, el cual dió varias providencias para que la tropa y ministros acompañantes guardasen un postigo que la citada casa tiene hacia otra distinta calle y que los demás estuvieran, dijo, en el portal de la citada Cárcel, a la vista. Ordenó se llamase a las puertas, lo que se ejecutó distintas veces. Tardaron algún tiempo en abrir hasta que salió Don Antonio Flores, hermano del buscado Padre Flores al que se le leyó la providencia que portaba el Fiscal Eclesiástico del caso.

Indicó éste la habitación de su hermano, a cuya puerta se llamó para que abriesen, lo que tardó rato en hacerse hasta ver salir a una mujer que expresó ser sobrina de Don Juan. El Señor Fiscal entró dentro y no halló al buscado, el cual apareció más tarde, confuso y enfundado en un capingo sobre la ropa de vestir y preguntado de dónde venía, dijo que habiendo oido ruido se había medio vestido y subido por una escalera secreta de un cuarto que está a la entrada de su habitación.

El sacerdote y beneficiado de la catedral Juan de Flores quedó detenido tras la sorprendente operación policial”…

Y aquí termina abruptamente el gran embrollo protagonizado por este sacerdote, experto en antiguedades, historia y cánones eclesiásticos y -fraudes varios-, pues de tres nada menos se le acusaba, todos de gran repercusión en el luminario de la Granada de la época, (1754) que causaron no poco bochorno y consternación en los crédulos granadinos de entonces y muy en particular entre sus Autoridades civiles y eclesiásticas que hasta entonces habían creído a pié juntillas los amaños y fabulosos hallazgos del P. Flores.

Para continuar con esta novela de acción e intriga digna de una serie negra contemporánea aclararemos que el Padre Flores era un gran erudito, un gran coleccionista de antiguedades y un alma piadosa con cuya suma de merecimientos consiguió al poco más de los 30 años de edad una prebenda del Cabildo Catedralicio que le aseguraba un buen sueldo el resto de su vida con una “media ración” monetaria suficiente para holgar el resto de sus días. No fué así por culpa de una concatenada alianza de circunstancias entre las cuales no fueron las menores las influencias de varias personas de rango que por la vía de la vanidad y la religiosidad mal entendida le llevaron en volandas hasta el desastre.

Todo empezó en el año 1754 con el permiso que obtuvo de las Autoridades para excavar las antiguedades de la Alcazaba del Albaizín en una casa de particulares (“donde supo que tiempo atrás se habían encontrado piezas romanas”) y  que compró y echó abajo para dar en el clavo de lo que bien pudo ser el Foro romano de la ciudad.

Aquí empezaron sus trampas y truculencias  que duraron casi diez años y que continuaron en las falsificaciones del llamado “Voto de Santiago”, y en el espúreo y prefabricado árbol de nobleza familiar propia para beneficio de su hermano Antonio y que terminó, como los otros dos fraudes en el peor de los destinos: la condena y punición por delito penal de falsificación, engaño y abuso de confianza con la consiguiente caída desde el Olimpo arqueológico a la ruina moral y económica.

Nos situaremos, así, Padre Flores mediante,  siglo y medio más tarde del otro fraude fundacional; el de los Rollos Plúmbeos, y veremos cómo de uno a otro sólo cambian los protagonistas y la escenografía pero no la intencionalidad religiosa y localista que une a los dos grandísimos fraudes como hermanas siamesas en el cordón umbilical de una búsqueda insensata de grandezas e historia más allá de los hechos reconocibles y probados.

 

“No hay ningún motivo serio para dudar de la buena fe inicial del P. Flores, señala el avezado investigador y arqueólogo Manuel Sotomayor,  ni del buen resultado de sus hallazgos auténticos.También es verdad que su buena voluntad se trocó muy pronto en un misterioso e incoercible deseo de mentir, engañar, inventar y falsificar, deseo al que Flores fué dando cumplimiento fiel en un crescendo que solo se mitigó después de unos diez años de carrera loca por los caminos del fraude, para volver a reanimarse y volver a cesar en el momento duro de la desgracia, la enfermedad y la muerte”.

Al principio Flores inició sus excavaciones con buen ojo clínico en las cercanías de la muralla cadima zirí, entre las actuales calles de María de la Miel y Pilar Seco, aprovechando las noticias de algunos hallazgos de tesoros habidos antes. Compró una modesta casa, la echó abajo y se dió de bruces con lo que que bien pudo ser, al decir de Gómez Moreno, el verdadero Foro romano de la Florentia Iliberitana. Efectivamente halló una solería refinada y bien labrada en losas de 2.20 m. de largo x 1.60 de ancho y 21 c. de grueso. Entre escombros, galerías y minas aparecieron también varios pedestales y restos de columnas dedicadas a Publio Manilio y a Cornelio Anulino, granadinos ambos con importante historial de servicio  al Senado romano,  piezas auténticas que le consagraron como un consumado experto,  así como dos tramos de escalera que supuestamente conducían a otro espacio en alto de igual o superior rango. En estas tareas costeadas de su bolsillo invirtió varios meses y los buenos auspicios y resultados le abrieron la puerta al reconocimiento oficial, al nombramiento por conducto real de Director de las excavaciones “con permiso para obrar sin ninguna limitación”.

Pero pronto esa buena intención cambió por la influencia de varios personajes cercanos e influyentes, el Abad del Sacromonte, Don Luis de  Viana y su ayudante, el sacerdote Cristóbal de Medina Conde que de forma hábil y persistente le metieron en la cabeza la idea de relacionar los citados descubrimientos con la presencia de los Santos Varones Apostólicos y San Cecilio;

Su modus operandi fué sencillo: contrató a dos almireceros y dos canteros de confianza, a los cuales en secreto y confianza iba encargándoles las piezas a falsificar y esconder después dentro de la excavación. Piezas de piedra, plomo y documentos envejecidos que nadie era capaz de traducir excepto él, que inventó ex profeso hasta cinco dialectos distintos: el iliberritano o el bético antiguo y otros y logró fabricar un santoral a medida que aún causa admiración por su delirante fantasía e invención.

Y ahí empezó el gran simulacro y la gran impostura.

Porque a partir de esta tramoya Flores pierde la cabeza y empieza a falsificar a troche y moche y a enterrar plomos, libros, huesos, etc,  junto a donde hubo piezas originales. De poco valen los servicios de vigilancia y los controles aportados por el Ayuntamiento y la Hacienda Real. Flores va arrojando las piezas necesarias del puzle para inventar de facto la flaca historia del remoto y gris pasado granadino.

Pronto empiezan a descubrirse munición mayor: el sarcófago de San Patricio, los Cánones del Concilio de Elvira, huesos de los santos Varones Apostólicos martirizados por los romanos y material diverso que proclama la antigüedad de Granada, su currículo martirial y la importancia de los hallazgos convierten los solares en lugar de peregrinación y negocio fraudulento no sólo del padre Flores sino incluso de sus propios operarios (unos doce) que a sus espaldas maquillan huesos, los lavan y perfuman y los venden como reliquias y así hasta el paroxismo supersticioso de las gentes que veían a cierta hora la casulla y la mitra de un obispo y el lugar impregnado de un aroma untuoso y agradable como correspondía a lugar Sagrado.

Y la superstición prende como llama en paja seca y la Plaza de las Minas, su tercer espacio de excavación después de la del Carmen de la Muralla, se llena por las tardes  de curiosos y beatas que difunden sus sagrados hallazgos urbi et orbi, “llevando en ello gran negocio”.

Hasta que empiezan a surgir las dudas sobre la honestidad de Flores y su fama se vuelve contra él, “porque lo que sueña Viana/lo encuentra Flores por la mañana”, empieza a recitarse por los mentideros de Granada con la sorna característica de los excépticos más atrevidos.

Para su desgracia volvió a involucrarse en otro sonoro fraude, el del Voto de Santiago y aquí todo fué de mal en peor:  los escrúpulos de conciencia de uno de sus operarios, el pintor y dibujante Lorenzo Marín lo delató y el castillo de naipes se vino abajo.  Flores  negó la mayor. Lorenzo cayó en el ostracismo, su  Jefe de minas se volvió loco, el falsificador de sellos, un tal Patiño, desapareció de circulación.

En el año 1876 se celebra el juicio, Flores y sus cómplices son condenados y todas las piezas le son arrebatadas y retiradas y en un juicio largo, un verdadero calvario, se les condena a las costas y a diversos castigos que incluyen cárcel, aunque a él y al padre Echevarría y Medina Conde se les concede cumplir la condena en conventos elegidos por el  Arzobispo tras la condena del Tribunal.

Finalmente todas las piezas aprehendidas son sacadas a la misma  Plaza Nueva, frente a la Audiencia, y allí se queman o destrozan. Las piedras a maza y martillo, al igual que los metales, y los papeles forman pira tan alta que media ciudad se asusta de la altura de las llamas de  tan imprevista hoguera.

Lástima que entre tantas carretadas de falsificaciones también desaparecieran para siempre, dicen expertos como Orfila Pons o Rodríguez Aguilera,  piezas de singular valía que aclararían mucho el pasado de esta ciudad: “el pasado verdadero”.

Aquellas casas desaparecidas del Padre Flores no han logrado ocultar parte de su truculenta logística. En cierto restaurante de la Placeta de San Gregorio, Calderería arriba, aún podemos contemplar, (con la aquiescencia de sus dueños) los restos de una galería de salida, el aljibe tapiado de aquellas casonas capaces ellas solas de ocultar las más voluminosas y espesas patrañas históricas jamás concebidas en nuestra ciudad.

Título- Plataforma de Granada [1590-1614] Autor- Vico, Ambrosio de, dibujó, [Francisco Heylan grabó] (en el original) Fecha- [1595-1613]

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