Y EL EMPERADOR CARLOS LLEGÓ A GRANADA. 

El 23 de Junio de 1526, el Emperador Carlos V hace por primera vez su entrada en la ciudad de la Alhambra. Viene de Sevilla donde acaba de contraer matrimonio con su prima Isabel de Portugal, previa autorización Papal. Se ha casado de noche, muy tarde, alas 12 horas exactas de la noche en Los Alcázares sevillanos apurando los últimos suspiros de una jornada asaz complicada: acaba de tener noticia de la muerte de su hermana y teme que más pronto que tarde pueda llegar también el documento de excomunión Papal por haber procedido al ajusticiamiento del Prelado de Zamora, decapitado en Villalar junto al resto de los cabecillas de la rebelión Comunera.  Todo son prisas, arreglos de última hora; el calor ya empieza a hacerse notar y todo conviene a la aceleración de la ceremonia antes de que se propalen las pésimas noticias que pudieran dar al traste con el enlace.

La novia le fué presentada dos horas antes. Dos horas antes ve por primera vez a la que va a ser su esposa y queda prendado  para siempre por la belleza sutil y delicada de Isabel casi tanto como por las novecientas mil doblas de oro que deposita como dote, pacto previo para que tal unión se lleve a cabo en las urgencias que padece Carlos para hacerse nombrar Emperador por Roma con las arcas del tesoro exhaustas. Cierto que si la boda no es por interés, se le parece bastante, lo que no desdice un ápice del verdadero impacto que Isabel produjo en el Emperador, que aunque ya llevaba un hijo natural en la faltriquera, no parece que volviera a tocar mujer que no fuera Isabel en  los 13 años restantes de convivencia, con siete partos y defunción final en el último de ellos.

Un par de meses más tarde, huyendo de los calores sevilanos emprenden ambos el viaje a Granada con un séquito ilimitado de cortesanos, consejeros, soldados y personal de confianza. Granada es una ciudad deseada y mítica en el imaginario del Emperador pues ha recibido información detallada de los desvelos y quebrantos épicos y el éxito final de sus abuelos para conquistar la última perla del Islam occidental.

Como es ritual en esta plaza del Reino, tan querido por sus abuelos, es recibido en la Puerta de Elvira por las Autoridades Locales y Eclesiásticas, el Capitán General y un grandísimo destacamento de honores que realzan la majestuosidad de la recepción con un gran dosel entarimado donde esperan maceros, soldados y personal de ornato. Aunque en mala hora se junta tan exajerado número de patricios, nobles, frailes y curiosos que acordonan la plaza -y los alrededores- dándose cita un sínnúmero de vecinos que animados por el espectáculo ocupan las estrechuras de aquella calle diminuta y taponan como un enjambre el recorrido que habrá de hacer el Emperador y esposa: Plaza de Hatabin, Zacatín y entrada al panteón familiar de sus ancestros en la Capilla Real.

Hecha la lectura del recibimiento y las preces religiosas obligadas, la orden es cabalgar y seguir el itinerario previsto pero enseguida se vislumbran las dificultades: la multitud se agolpa junto a las puertas y la estrecha calle aparece abarrotada de vecinos, vendedores de buñuelos y frutillas, carritos de mano y múltiples tenderetes que impiden avanzar un palmo: ¡hay que despejar el recorrido, dejar el paso franco¡. El capitán general, Tendilla, consulta y no tarde en producirse el estridente y brutal sonido de las alabardas y truenos de la artillería de mano que porta su escolta y la del Emperador. Son disparos al aire que atronan la inmediata plaza y ascienden con ruido brutal por las callejas aledañas haciendo un eco que multiplica el estruendo. Varias salvas consecutivas,  avisan a la multitud de la perentoriedad de liberar el paso. Unos pocos minutos de espera y la calle Elvira se despuebla rápidamente -y a la huida- de curiosos. Sólo los acomodados de los balcones y los que ocupan con temor y curiosidad las esquinas ven entrar a fuego al Emperador y su séquito de a pié y a caballo, el contingente de acémilas y carros de artillería e intendencia bajo las banderas de los Reinos que domina, bajo los pendones de Castilla y de Nápoles y de Sicilia y de Tierra Santa y de Aragón y Cataluña y Granada…y las Américas.  A su lado el Conde de Tendilla, Luis, no pierde ojo de las más de veinte espinosas callejuelas que han de franquear en evitación de cualquier sabotaje.

 

Así fué la entrada “triunfal” del emperador en Granada. Por suerte para la ciudad tan nefastos inicios no tuvieron continuidad pues el Emperador en plena luna de miel vive seis meses de estancia deliciosa en una burbuja de encantos calculados para causarle embeleso.  La ciudad le envuelve en un marco de agasajos y lujos que hunde las arcas municipales para varios decenios, aunque hecho cálculo de gastos e ingresos,  la ciudad se beneficia de la largueza del propio Emperador y su programa de obras que cambiará para siempre la fisonomía de la ciudad.

Así fué que lo que en origen se pensó para semanas termina en convertirse en un  medio año de apretada actividad política y no menos deleites campestres, cacerías, fiestas y encuentros de los más insignes personajes de la época (a costa de los modestos moriscos granadinos, a los que tocó en suerte vaciarse el bolsillo para aplacar a la Inquisición y retrasar la aplicación de los edictos del 1500). Hablan los historiadores que en esos meses sabáticos planea en la cabeza del Emperador  la idea no sólo de reconstruir una ciudad nueva, al aire de un modelo de ciudad Imperial, la sede (si ceja en sus campañas guerreras) de una de sus ciudades  favoritas para la Corte, aunque de aquello sólo se concretarán los programas de obras y los sueños efervescentes de algunos nobles granadinos cercanos al monarca.

Hasta aquí llegan los embajadores y Capitanes del Reino, los diplomáticos de altura, los emisarios eclesiásticos proponiendo guerra contra la Liga de Cogñac y el propio Papa Clemente Vll, aliado del francés, junto a los poetas y artistas más importantes del momento, desde Navaggiero a Machuca, de Jerónimo Müntzer a Siloé, de Boscán a Garcilaso… pasando por otras celebridades. Toda la pléyade de asesores, financieros, etc que acompañan al Emperador disfrutan del buen humor del monarca y de una estancia plácida que más tarde contarán por doquier como “las excelencias de Granada”.

Bien es sabido que se hace alojar en la Alhambra, sobre la Torre de Abu Yayá, donde Tendilla ha hecho reformas que incluyen un gran salón de protocolo y de administración y una hermosa suite nupcial en la propia torre trayendo a dos afamados pintores italianos para contar sus glorias guerreras y sus (supuestos) gustos artísticos. En la planta inferior habilita la famosa habitación de la estufa  donde se queman perfumes o se previene a la pareja de cualquier destemplaza climática.

Lástima que tan cara inversión que obligó al desmonte y acarreo probable de las columnas de los patios o antesalas del Mexuar, junto al patio de Machuca,  no diera los resultados apetecidos por culpa de un mediano terremoto que infundió tal pavor en la Emperatriz que no volvió a subir a ella y no tardó en cambiar la suite por una celda (de lujo) en el claustro menor del monasterio de San Jerónimo. Consta sin embargo por las fechas que su primer hijo, Felipe ll se gestó en Granada, a tenor de las fechas de nacimiento y que las largas cacerías (en alguna, en las cercanías de Santa Fe, parece que intervino la propia Emperatriz) no disminuyeron el fuego emocional de la pareja.

Después de aquellos seis meses el Emperador montó a caballo y ya no volvió a bajarse hasta su abdicación décadas más tarde en Yuste. Jamás volvió a Granada donde sus encargos tuvieron una irregular ejecución: su famoso Palacio en el entorno de la Alhambra tardó más de cinco siglos en concluirse. La Catedral casi doscientos. La Universidad Literaria más de veinte. La Puerta de las Granadas una década, al igual que el Pilar de Carlos V. Los Colegios Catalino, San Miguel, y San Fernando, otro tanto, la iglesia Imperial de San Matías no le fué a la zaga y el traslado y ejecución de la Real Chancillería la dejó en herencia a su hijo Felipe ll.

Anuncios

Un comentario en “Y EL EMPERADOR CARLOS LLEGÓ A GRANADA. 

  1. ¿Cuánto paga la casa de los Austrias para hacerle prograganda? Perdone usted pero este relato es de la “España de charanga y pandereta”.
    Seamos serios y veamos las burradas que hizo dicho señor por toda la Ibérica peninsula. ¿Cuántas cabezas rodaron por su cuenta y riesgo? ¿Cuántas ejecuciones? ¿Germanías, comuneros, moriscos? ¿sigo? Menudo pendejo.
    Y dilapidó toda la herencia hispana en sus guerras particulares para conseguir cargos y más cargos en la puñetera Europa.
    Sus abuelos eran unos pendejos y él también.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s