LAS HUELLAS DE LA INQUISICIÓN EN GRANADA. 

Aunque según los historiadores la Inquisición tarda tiempo en intervenir en Granada por su residencia en Córdoba y por evitar la sublevación morisca, no es menos cierto que la larga mano del tribunal encabezado por el támdem Lucero/Deza ya muestra a principios del 1.500 signos de su presencia y del carácter implacable que desarrollará cuando ya de pleno derecho y con tribunal propio se asiente en la ciudad. Dos hechos fundamentales corroboran esta opinión: el juicio y detención de los familiares del Arzobispo Hernando de Talavera  y la acusación de judaizar  a él mismo así como a la plana mayor de la Capitanía General del Conde de Tendilla, administrada por judeoconversos. Recordar la amargura y dolor de Hernando de Talavera mientras sufrió el acoso inquisitorial y su inmediata muerte a pocos días de la resolución exculpatoria y -de las quejas de Tendilla- explican por sí solos el pánico y terror que el citado Tribunal inocula en una ciudad en los albores de su asentamiento.

Hasta la llegada de Carlos V, en el 1526, el tribunal está en la sombra sin dar pasos decisivos, aplacada por la frecuente contribución de los moriscos a su mantenimiento -en evitación de daños mayores como las confiscaciones y la cárcel- aunque no del todo inerme como para que los propios moriscos hagan llegar protestas a  Carlos V en extenso Memorial y cien mil doblas de oro que evitan una actividad más dañina. Si con Carlos la entente dura tres años, más tarde Felipe ll será contundente en la persecución de la disidencia y así lo hará notar al Presidente de la Real Chancillería sobre el proceder del Tribunal: “más fe y menos farda”, (impuesto que recaía sobre la población morisca)  le ordena al Presidente de la Real Chancillería, que emulará con entusiasmo a su antecesor.

A partir de ese momento la Inquisición va a trabajar sin freno realizando al menos un Auto de Fe anual y cientos de procesos que ponen en estado de choque a las confesiones sospechosas de herejía como  judíos, moriscos, protestantes e incluso piadosos católicos puestos en la proa de la disidencia religiosa como Fray Luis de Granada, Juan de la Cruz, San Juan de Ávila…,todos procesados e incursos en juicios inquisitoriales con limitadas penas. Sus trabajos ímprobos y de un cariz totalizador abarcarán tres siglos de rigurosa actividad. En ese marco general su actuación en el Reino de Granada dejó una semilla de discordia y odio que incitó a la rebelión y la guerra, más tarde, y a una soterrada resistencia que acabará definitivamente con la expulsión  primero de los judíos y luego de los moriscos.

Tenemos constancia documental del primer asentamiento oficial en unas modestas casas junto al monasterio de Santo Domingo en 1529; casi inactiva durante tres años,  toma vigor y consistencia al pasar al entorno de la Calle Elvira, junto a la Iglesia de Santiago, “lugar donde la luz se pierde y el oprobio se irradia” y será en esa Iglesia donde se expondrán los sambenitos de castigo y se llevarán a cabo las ceremonias religiosas propias de la Institución y muy cerca, frente por frente, se adaptarán  (de unas casas moriscas) los espacios necesarios para su funcionamiento como Tribunal penal religioso. Para su acomodo se reordenará el parcelario con los aposentos para el  Tribunal, Despachos, Casas y cárceles secretas y la cárcel común a perpetuidad.

Según nos dejó señalado el cronista Henríquez de Jorquera,  “las Casas se situaban frente por frente de la iglesia y se entraba desde la Calle Elvira a una gran casa con una curiosa portada de piedra de alabastrina,  parda y blanca, con tres escudos labrados con las armas del Pontífice, las del Rey Católico y la de la Inquisición. Dentro se habilitó un patio con un aljibe y unos pilares.

Este complejo semisecreto  se mantuvo en pié hasta la reforma de la Gran Vía y estaba constituido por una manzana entera donde vivían de continuo el Inquisidor Mayor, los inquisidores de oficio, y se extendían  las salas de juicio y las cárceles secretas.  Las últimas descripciones ya del siglo XlX  nos hablan de una portada,  un patio de columnas en la primera planta, galería superior con piés derechos tallados y zapatas de lóbulos, una gran armadura en la caja de la escalera y un inframundo de pasillos y sótanos  en el subsuelo donde se encontraban las cárceles.

En 1808, los ocupantes franceses cierran el edificio y prohiben el Tribunal  y las casas se abandonan y quedan en precario a la espera de un uso que no se produce.

La Constitución de Cádiz refuerza el debilitamiento de la misma y el rechazo general contra “aquel espejo de perversión que eran aquellas casas maléficas ” pero Fernando Vll la impone de nuevo en dos ocasiones, en 1814 y 1830. Entre ambas fechas los granadinos progresistas temiendo las consecuencias de una nueva reposición, (como así fue) saquean y destruyen parte de los edificios y queman el  archivo general antes de ser trasladado hacia el convento de San Agustín.

Las casas se convierten en una incierta Corrala de vecinos hasta que en los preparativos de la construcción de la Gran Vía sus materiales y piezas de valor salen a subasta y el arquitecto Pugnaire compra la armadura (de lacería mudéjar) de la escalera y otros elementos arquitectónicos que después revenderá a un extranjero desconocido. Las famosas casas tenían ciertos lujos, señala un documento de la época: pinturas murales al fresco en las paredes, rejas de forja, techos renacentistas de gran valor y elementos ornamentales importantes. Todo ello desapareció en aquella reforma urbana, hasta casi no dejar ni rastro.

Pero pese a todo esto que contamos, hemos encontrado dos recuerdos menores, aunque no irrelevantes del paso de tan temible Institución por la ciudad, aparte, claro, de los silenciosos documentos y legajos que tanto en los Archivos de la Real Chancillería como en Simancas cobijan el grito frío de aquellos atormentados perseguidos que de una manera o de otra pagaron la intolerancia y el fanatismo con su vida o con sus propiedades dejando marcada a su descendencia por al menos tres generaciones.

Nos referimos a la imagen del crucificado “Niño de la Guardía”, expuesto en la citada iglesia, testigo mudo de un Auto de Fe que pasó a la historia por su inclasificable crueldad y amaño de pruebas. El segundo es algo tan inmaterial como el nombre de una modesta y recoleta plaza situada en el Albaizín a la que nombraron Plaza de la Cruz Verde, inequívoco rastro de un espacio herético descubierto y escarmentado con la fuerza del Tribunal,  purificado después el espacio  con el santo nombre de la Cruz Verde: la de la Inquisición.

De los hierros y “aperos” de tormento no nos atrevemos a hablar sino en conjeturas. Algunas fuentes sostienen que buena parte de los ingenios del tormento fueron encontrados en los sótanos de la Real Chancillería y después destruídos; una confidencia cercana añade que algunos de éstos fueron ocultados y azarosamente encontrados en cierta casa de la Cuesta Abarqueros bajo la solería de una primera planta y que éstos aparecieron y se volvieron a enterrar en el desarrollo de una obra.

Y si las citadas Casas suscitaron siempre en la ciudad un sentimiento de opresión y terror un nombre no le iba a la zaga:

Nos referimos al Inquisidor General, Lucero. Se oyen todavía los gritos y las imprecaciones contra el Inquisidor Lucero, personaje siniestro para la comunidad morisca granadina que veían en él la representación del mal absoluto: codicioso porque les arrebataba sus propiedades, mentiroso porque les hacía mentir, feroz por sus castigos. Sus llantos nos llegan hasta nuestros oídos como imagen de la desesperación, pues es sabido que el Tribunal no se limitaba a condenar, sino que quería ante todo la salvación del alma del reo y de sus cómplices y no acababan sus maniobras hasta tanto conseguían la confesión firme del detenido y la inculpación/delación de sus cómplices. Para el Tribunal, el pecado era pecado y… delito. De ahí su afán por la confesión.  El orden de las penas era implacable: la más grave era la llamada “relajación al brazo secular” o condena de muerte en la hoguera. Hacia abajo se abría un abanico múltiple: destierro; abjuración de levi; cárcel; galeras; vergüenza pública con azotes o sin azotes; pena pecuniaria; pena de sambenito o penitencial; incapacitaciones; penitencias espirituales diversas… y así hasta una docena de castigos, según estudios de Gabriel Bernat.

El Alto tribunal granadino lo componían unos 29 oficiales, además de fiscales, señaladores, sacerdotes, alcaides, familiares e Inquisidores en número indeterminado, encabezados por el Inquisidor General con casa propia y lujo de condottiero, normalmente un personaje religioso afamado: pinturas renacentistas al fresco, techos bien labrados, rejas de forja, cuadros e imágenes religiosas de cierto porte adornaban su domicilio.

De aquel Juicio “Del Niño de la Guardia”, queda documentación abundante en los archivos. Llevó a la hoguera a ocho personas y los historiadores advierten un feroz celo interrogatorio y una escasez alarmante de pruebas sobre una supuesta ceremonia de crucifixión de un niño con cuya sangre realizan una ceremonia profanatoria y hostil al cristianismo. El hecho de que tanto las denuncias como  los denunciantes fueran siempre secretos abrieron las puertas a todo tipo de abusos y usuras pues el denunciante recibía una parte de la remuneración confiscada al reo y y el resto pasaba al Tribunal. Así se decía con conocimiento de causa, “que sin hoguera no hay Tribunal”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s