EL DESFALCO DEL MONTEPÍO DE SANTA RITA DE CASIA, O LAS CONJETURAS SOBRE UN SACERDOTE PROMISCUO. 

En el libro documento del Montepío de Santa Rita de Casia, de Manuel Titos Martínez, el autor se muestra remiso a la hora de documentar el suceso catastrófico que dio en la ruina de una entidad hasta entonces floreciente sin que de un modo claro se explique la razón última del catastrófico desenlace. Por más que se den vueltas a su libro, “El Monte de Piedad de Santa Rita de Casia y los orígenes del crédito en Granada”,  libro exquisito sin duda en otros muchos aspectos como la claridad y  la extraordinaria documentación utilizada,  nada se lograr aclarar de aquella fatídica quiebra excepto que pudo producirse en una conjunción perfecta de circunstancias adversas.

Y no es un tema baladí, dada la importancia que tuvo en su día aquella famosa casa de empeños y de las amargas consecuencias que tuvo su desaparición en años de hambres y penurias sin cuento que gracias a el habían logrado aliviarse al menos en parte. Y si el éxito estuvo asegurado desde la primera hora de su fundación no es menos cierto que no pasando tres décadas padeció una crisis grave que casi termina en quiebra y que enciende las primeras alarmas, inútiles ya en el crack definitivo unos años más tarde.

La idea de crear el Montepío o por mejor decir un centro de empeño de piezas de valor de cualquier clase surge como reacción  piadosa al expolio sistemático que representaba la usura de los prestamistas sobre las economías modestas que viven situaciones límite. Si seguimos la lista ofrecida por Titos para el año 1746 encontramos no menos de 30 casas de empeño en el centro urbano (casi tantas como ahora comprando oro u ofreciendo préstamos engañosos a porrillo) a pleno rendimiento y con tan desmesurados intereses que aceleran la implicación de los frailes agustinos en una institución que combatiendo esa lacra asegure un respiro a las personas más necesitadas.

El Monte se funda en el 1740 por iniciativa del agustino D. Isidro Sánchez Jiménez y se ubica inicialmente en el Convento de Agustinos, (actual Mercado Municipal) donde se habilitan unas habitaciones para proveer a este servicio gratuito de préstamo o ahorro y de almoneda final cuando el valor de la pieza no se revierte en las fechas prefijadas. Su función es benéfica y humanitaria, los agustinos no cobran interés ni sueldo al igual que todos sus colaboradores y el éxito popular es inmediato: La curva de ascenso es sostenida y estable e incluso mejora con la incorporación años más tarde de los ingresos de la Depositaría General del Reino de la Real Chancillería en 1763.

 

Tres religiosos administran el exitoso inicio del Monte que serán luego sustituídos por tres responsables de confianza que disponen de las tres llaves de un arquetón fabuloso donde se guarda el dinero, los documentos y las joyas empeñadas; ninguno de los tres puede disponer a solas del dinero guardado y cuando -producto de esa vitalidad económica- se dotan del nuevo edificio en el Paseo de los Tristes, frente a la Plaza del P. Manjón, se dispone de una vigilancia diurna y nocturna a manos de sendos alguaciles que se ayudan de un  campanillo avisador para evitar cualquier contingencia.

Los productos de empeño son variados, joyas, ornamentos, antiguedades, monetarios, o incluso ropa de calidad que se valoran a la baja y una parte se paga en moneda corriente. El usuario puede volver a desempeñar la pieza devolviendo el dinero adelantado sin coste y cuando no lo hace en el tiempo aplazado se hace la subasta o almoneda por el importe total y el dinero restante se entrega al propietario a cambio de una pequeña donación voluntaria.

El servicio se ejecuta con escrúpulo y diligencia hasta convertir la Institución en una pieza solvente y crucial en el entramado económico de la sociedad granadina. Tanto que consiguen una presencia colaboradora de importantes e influyentes apellidos que con sus depósitos concitan la confianza de los usuarios que permite un correcto fluir de prendas y de dinero de donde quedará rédito para costear una cofradía, la de Santa Rita, financiar dos capillas, sus novenarios, trono y vestido con la suficiencia y dignidad exigibles. En el lado izquierdo del sólido edificio, disparejo, por moderno, del estilo de todos sus convecinos de calle, se sitúa  la capilla dedicada a la Virgen de la Caridad y a la derecha  la de Santa Rita, protectora de la fundación y abogada, como bien se sabe, de los imposibles. Pero..¿de todos?.

¿Qué pasó o por qué procedimiento se produce la quiebra  de la citada Institución, una de las más antiguas de España en este género y su posterior disolución?. ¿Cómo pudo consentir tamaña  afrenta Santa Rita de Casia?.  Nada hacía pensar en desenlace tan destructivo, ningún dato anterior podía llevar de manera lógica a conjeturar tal desastre y el investigador Titos tampoco logra desvelarlo del todo por más que una indagación en profundidad demuestre hasta esa fecha una contabilidad pulcra y fiable que se corta bruscamente tres años antes de la catástrofe de 1773 cuando se pide una suma importante desde la Audiencia para socorrer a los labradores faltos de semilla después de varias malas cosechas y el Monte no puede responder porque ha distribuido esos recursos de antemano. Como es normal en estos casos la histeria se desata sin freno y el monte sufre una primera crisis de la que sale con dificultad. Luego llegará la segunda y definitiva en 1866 que llevará a la cárcel a sus tres directivos, aspecto éste en el que Manuel Titos tampoco añade una imprescindible explicación.

A partir de ese momento aparecen las conjeturas o las habladurías: ¿errores de cálculo, generosidad excesiva, descontrol?. No se sabe muy bien. Lo cierto es que otra inesperada conjunción de males asalta al monte dejando al aire la fortaleza de la casa cuyos administradores se ven en el ojo del huracán y son detenidos. ¿Acaso alguno de los tres responsables del uso de la llave del arca ha hecho una copia de las otras dos y ha manejado su contenido a discreción alimentando un “bienintencionado desfalco?. Pudiera ser eso o algo parecido. Lo que se sabe o al menos así se dice

es que a uno de los administradores principales se le descubrió una vida familiar impropia de religioso. Vive en el Albaizín donde ha mantenido relaciones con varias mujeres con las que ha tenido hijos, se habla de un buen número de hijos (9) con tres mujeres distintas.

El rumor popular aún persiste siglo y medio después, y así nos ha llegado a nosotros; el profesor Titos no lo disipa ni entra a desmentirlo. Lo cierto y aquí se añade un dato al enigma, es que hay un sacerdote enterrado en la capilla primera, la de la Virgen de la Caridad,  una irregularidad que la Iglesia oficial no suele practicar con frecuencia. El cura murió y no fué enterrado en el cementerio debido, sino en la capilla de la Caridad, sólo, y ahí quedó abandonado y por así decir, trasterrado. Lagarto, lagarto.

Y ahí sigue bajo los pies de apresurados camareros que durante más de una década instalaron un bar de copas sobre su piedra sepulcral y pisan y pisan todos los días sin saberlo los castigados  huesos de aquel (presunto) promiscuo sacerdote,  aquel padre agobiado que cargó en vida con todas las culpas del desfalco y  nueve o diez chiquillos a mantener, que ya es pesada losa.

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