La Maleta de Penón y “La araña del olvido”, de Enrique Bonet Vera.

Cuando el periodista americano de origen español Agustín Penón, llega a Granada en el 1955 para saldar una deuda de gratitud con Lorca, “cuya poesía ha sido su más fiel compañera”, se encuentra una ciudad amedrentada y sombría que ha sucumbido a una década y media de terror que los vencedores  han perpetrado contra todos sus opositores. Una maraña de intimidación  e impunidad  domina y envenena la convivencia en un ambiente degradado y oscuro. Viene, Penón, de paso, en un viaje corto, pero Granada y Lorca lo atrapan y su estancia se alarga casi dos años y en ese tiempo iniciará una investigación concienzuda y metódica sobre los últimos días de Federico G. Lorca que cambiará su vida y el paisaje de la investigación histórica sobre ese tiempo.

Un gran acierto de la novela gráfica “La araña del olvido” de Enrique Bonet consiste en el magnífico trazo de ese ambiente y el seguimiento fiel de los pasos de éste periodista, apasionado de la obra de Lorca. Otro sin duda es su rigurosa documentación, bien dosificada y contrastada con lo que construye una obra de mucha envergadura: resumen de miles de páginas escritas, cientos de investigaciones, decenas de aportaciones de historiadores serios…Y el ritmo de metrónomo con el que Bonet maneja esta historia casi de novela negra, casi de cine de suspense, hace de ella una pieza de altísimo rigor.

De la estancia de Penón y la travesia humana, emocional e investigadora de ese viaje armará Bonet la columna vertebral del relato, deudor a su vez de la obra de Marta Osorio, amiga del autor americano y albacea final de la famosa maleta: “Miedo, Olvido y Fantasía: La Maleta de Penón”.

Sin apartarse apenas del relato de Marta Osorio, aunque con aportaciones propias, Bonet ha construido un relato tan solvente, veraz y completo que bien podemos tomarlo como modelo de guión cinematográfico a la par que jugoso documento de los hechos que se narran y de la ciudad donde se ambientan los personas y los hechos dibujados. Por todo ello y por otros aciertos le reconocemos a Bonet un especial talento narrativo pues en ningún momento el relato se desorienta o claudica, antes bien el tempo queda tan atado al suspense del relato que se lee con la facilidad de un bien calculado  thriler .

Por el tenebroso mundo de la represión de la postguerra en una ciudad que batió records de fusilamientos,  Bonet recrea monumentos,  plazas y cármenes, tabernas y bujíos  sin adornos ni mixtificaciones situando a Penón en el centro de la oscuridad al albur de una amenaza latente que llegó a sentir físicamente a partir de un acontecimiento en apariencia inocuo. La fiera del terror no duerme nunca y sale a las plazas temerosa de cualquier amenaza o sospecha, algo que Penón  ignora y bien que lo descubrirá a última hora, cuando ya ha conseguido asegurar el certificado de defunción de Lorca, el lugar y día de su muerte, los personajes implicados activa o pasivamente en ella,  lo que le va a sumergir en un universo de peligro y malestar del cual sólo podrá zafarse con la huida.

El periodista, lector impenitente del Romancero Gitano, desea comprender lo que ha pasado, encontrar los enigmas de su muerte: quién lo mató, por qué y dónde está enterrado.  Paralelamente nos va descubriendo los rincones de una ciudad provinciana, sometida al silencio y la omertá, donde el nombre de Lorca es todavía un estigma o por contra, aparece con el sino de la culpa para los responsables de los hechos, allí donde su nombre se pronuncia en secreto con  el miedo dibujado en los ojos y en silencio.

Antes de Penon, Gerald Brenan y P. Coufon lograron asentar los datos de su fusilamiento y su enterramiento en una fosa común entre Víznar y Alfacar. El régimen lo negaba. Hacía falta continuar esas investigaciones para esclarecer la verdad y en ese punto exacto aparece Penón: miles de horas de  calculada convivencia con los que “sabían” le permiten ir reconstruyendo parcialmente las últimas horas del poeta.  De forma indirecta, para no suscitar sospechas, va entrando en los círculos falangistas, entre los asustados amigos de Lorca que han sobrevivido a la masacre, y poco a poco va a llegar hasta aquellos que de una manera o de otra quedaron salpicados por sus actos en aquellos momentos. Sin duda su cercanía a los hermanos Rosales, (Pepiniqui y Miguel), José Jover Tripaldi, y otros,  le aportan un arsenal de datos e información que pacientemente  va recopilando, hasta el día en que en un  homenaje a José Rosales, “Pepiniqui” su celebración inocente en un brindis: ¡Viva Pepiniqui, Viva el poeta Federico G. Lorca¡  se salda con una mudez intimidatoria que lo sitúa ante los espectros del horror.

A partir de aquí, el antes y el después, somete a Penón a los mismos temores de toda la población y sus pasos se irán haciendo más cautelosos y precavidos.

La presencia de  Emilia Llanos, los hermanos Blas y Gerardo Ruiz Carrillo, Manolo el Comunista, o el pianista Jose María Carrillo (hablando de un Federico extrovertido hasta en su sexualidad), además del señalado responsable de su detención Ruiz Alonso,  nos llevan directamente al lugar de su fusilamiento. Momentos de extrema emotividad que Bonet resuelve con oficio. Después la sombra del Olivo, el silencio, donde habita el olvido.

Para entonces Penón había gastado casi toda su fortuna y las puertas tan hábilmente abiertas se cierran con portazos.

La maleta de Penón salió repleta de documentos hasta América. Manuscritos inéditos de Lorca, notas y papeles diversos, fotografías, libros dedicados y el original del Acta de defunción de Federico.

Los papeles quemaban y Penón temía. Una serie de circunstancias que lo marcaron en lo personal hicieron imposible la edición propia: inseguridad literaria, miedo a represalias contra sus amigos granadinos, depresiones. La maleta pasa a manos de su amigo W. Layton, que tampoco se siente con fuerzas para armar el relato. Finalmente es Marta Osorio, treinta años después, la que lleva al papel  la documentación acumulada por Penón.

Su muerte se produce en el año 1976, en extrañas circunstancias, lo mismo que la de W. Layton.  Bonet nos sitúa en Madrid, Granada, Nueva York.  Ha conseguido unir con fina pluma el interés histórico, el artístico y el memorialistico y algo muy importante, una emoción en ascenso que no abandona en ningún momento al lector mientras va siguiendo el tormentoso avance de Penón dibujo a dibujo . Quizá la fuerza material de la historia, aún hoy, estremece, hace temblar, suscita los más terribles pálpitos, pero la brújula de la verdad no debe temblar ante esos retos.

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