FRANCISCO AYALA: “RECUERDOS Y OLVIDOS”

El 16 de marzo de 1906 nació en Granada Francisco Ayala García-Duarte, autor fecundo y clarividente de la generación del exilio, cuya biografía y obra atraviesan los acontecimientos más importantes del siglo XX.  Testigo de primera mano de aquellas catástrofes sociales que anegaron la reciente historia: las dos Grandes Guerras Mundiales y la Guerra Civil española, de ellos da luz en una obra ensayística, literaria y sociológica de enorme peso y recorrido que hoy es merecedora de una lectura provechosa  y de una precisa evaluación.

Hijo mayor de Francisco Ayala Arroyo y Luz García-Duarte, de orígenes familiares holgados, su infancia y adolescencia transcurren en la Granada provinciana del inicio de siglo, en los diversos domicilios de la capital ligados a los desaciertos económicos del cabeza de familia que no tarda en devaluar su patrimonio por la vía de las inversiones ruinosas hasta la debacle sin paliativos. Infancia feliz a pesar de ello, teñida del miedo a los diversos fracasos  y a la mala administración de la fortuna familiar por parte de su padre, el retrato que hace en su libro de memorias, “Recuerdos y olvidos”,  nos servirá de referencia y deleite  para reconstruir el plano de la ciudad en la que vivió, sus episodios más recordados y felices, sus desventuras y primeros pinitos literarios, sus estudios y su precoz afición a la lectura y la poesía.

Su larga biografía, (murió con 104 años), y su no menos ambiciosa obra, sobrepone una mirada analítica a los espacios por los que transitó dejándonos imágenes imborrables de una ciudad enclaustrada en los hábitos devocionales, pero al tiempo diversa y amena donde el paisaje urbano de cármenes y casonas, o de plazas recoletas y rincones sutiles hacen al autor disfrutar de la contemplación lírica o  del desparpajo naturalista en beneficio de los baños en el río, las escapadas furtivas hacia la Alhambra o la contemplación del telón de fondo de la Sierra Nevada.

Se nos antoja pensar que hay dos miradas diferentes en el imaginario de Ayala: la de la Granada alegre y cálida de la madre, Doña Luz García-Duarte, hija del que fuera rector universitario, Dr. García  Duarte, -hombre apreciado y venerado en la ciudad por su desprendimiento y generosidad profesional-, pintora ella de joven, de pensamiento abierto y liberal,  y la más triste y conservadora de la familia paterna, anclada en los usos y constumbres de la Granada clerical.

Un rico anecdotario va dibujando su nacimiento en la Calle Cristo de San Agustín donde pasará su primera infancia para volar más tarde al albaicinero Carmen de la Cruz Blanca donde recordará con fruición los encantos de aquella casa morisca con alberca y jardín,  columnas de piedra, huerta feraz de flores, y habitaciones bajo techumbres y armaduras mudéjares de grandísimo encanto, sobre las cuales se elevaba la torre-palomar cuidada por él y por su madre.

La memoria traiciona, nos cuenta Ayala, no recuerda jamás aquello que le sobrecoge y le sobrepasa y desde esa sinceridad y los años transcurridos, pues sus memorias no están transcritas en tiempo real sino décadas después, Ayala nos escribe un fresco pictórico muy valioso. No escribe desde la linealidad cronológica sus propios avatares sino que  la criba de la memoria expulsa lo menor, lo inservible. Lo que queda y nos transmite son sus primeras vivencias, las más ardientes y vivas: la mala relación con las educadoras monjiles de la Caridad, el episodio tremendo del vómito de la hostia el día de la primera comunión, su desagrado por la fiesta de la Toma de Granada, las comidas esperpénticas con la Alta Clerecía granadina en la Casa de su padrino… O su captura y entrega a la familia en un episodio pícaro por demás: la entrada a curiosear en el  famoso barrio de las mancebías granadinas, la Manigua,  que le costará una buena reprimenda de sus padres…y el conocimiento de que aquel famoso garito, llamado “La Montillana” se situaba  en un inmueble propiedad de la familia.

Lo cierto es que esa escritura ceñida, sin adornos, precisa y exacta, ya merece en sí misma la lectura más grata, tanto o  más el caudal de buena descripción de una ciudad disminuída y caída en la misantropía,  relamida y cursi, dentro de un jardín al que nadie podaba ya sus ramas muertas.

Estos paisajes de la infancia granadina ocupan un cuarto de las memorias y bien que valen su peso en oro para conocer en mejor medida las costuras de aquella avejentada ciudad rota por las costuras de los nuevos negocios azucareros y la especulación industrial. Después hablará del resto de su vida.

En 1922, con 16 años, decidirá acompañar a su familia a Madrid a pesar de la tentadora oferta del “padrino Arroyo”, tío de su padre,  por hacerse cargo de futuros estudios, títulos y rentas para él. Muy pronto empezará a colaborar en la Gaceta Literaria y Revista de Occidente y con poco más de veinte años publicará sus volúmenes de relatos vanguardistas “El boxeador y un ángel”, “Cazador en el Alba”, “Indagación del Cinema”.

Estudiante en la Facultad de Derecho recibirá una beca para ampliar estudios en Berlín, donde ya en el año 30 vislumbra el nacimiento del monstruo nazi. Aprobará sus oposiciones a la Cátedra y más tarde será letrado de las Cortes de la República y en plena Guerra Civil, Diplomático en Praga; nada podrá hacer por evitar el fusilamiento de su padre y un hermano en Burgos.

Al acabar la guerra se instalará en Buenos Aires donde después de una década de silencio volverá a  su pasión principal por la literatura: larga e insólita producción de este autor en el exilio en el que escribió de todo e hizo de todo y todo a un nivel altísimo. Relatos, crónicas, novelas, ensayos,  dirección de revistas.

Más tarde recalará en Puerto Rico. Desde 1958 ejerció de catedrático de Literatura en las Universidades de Princenton, Brynn Mawr, Rutgers y Nueva York.

A diferencia de otros exiliados nunca hizo ejercicio de autocompasión o de nostalgia. Enfrentó su nueva situación con el impasible gesto del que asume su destino con todas las consecuencias.

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