EL CARMEN DE LOS MASCARONES Y “EL DESENGAÑO DE AMOR EN RIMAS”. DE PEDRO SOTO DE ROJAS.

Pedro Soto de Rojas fué un poeta importante en el vetusto panorama de la Granada de finales del XVl y una lumbrera en el contexto de la limitada vida cultural de la ciudad en ese tiempo. Nacido en 1584, de familia pudiente, bautizado en el Sagrario, pronto culminó sus estudios de Teología, Humanidades y Leyes y partió para la Corte madrileña. Allí pasó casi dos décadas en la cercanía del Poder como funcionario de rango y en las inmediaciones del valido Conde Duque de Olivares, que lo señalaría con algunos favores de no poco mérito. En Madrid conoce a Góngora y Lope y participa en las tertulias y justas poéticas de la época donde obtiene un cierto reconocimiento que quedará descrito elogiosamente en las plumas de Cervantes y el mismo Lope de Vega.

Sin embargo Soto, alma inquieta o inquietada por algun devaneo o desazón emocional, desiste de la vida cortesana y en el 1626 tomará los hábitos sacerdotales y tras recibir una canongía de la Colegiata del Salvador (por mediación del Conde Duque) se instalará en Granada, de la que no volverá a salir hasta su muerte en 1658.

Su meritoria obra, breve, intensa, y por demás gongorina, mezcla dos corrientes muy del gusto del siglo; por un lado la exaltación formal al modo culterano y la carga religiosa y senequista del barroco triunfante en la época, con un el añadido descriptivo de su erudición clásica y su apego a la naturaleza como  transunto del influjo divino.

En 1623, hombre ya maduro, publica su “Desengaño de Amor en Rimas”, tras sus frustrados afanes cortesanos que acaban en alejamiento de sus primeras ambiciones. Nadie sabe por qué Soto desiste de una oportunidad única de ascenso en la Corte y abandona esas pretensiones mayores para volver, desengañado y quizá hastiado, a una ciudad gris y anodina donde no dejará de sufrir sobresaltos. ¿Mal de amores?, ¿derrotas cortesanas?. No sabemos. Tardará  aún otros dieciséis años en  publicar “Los Rayos de Faetón”, y en 1652 el más famoso “Paraíso Cerrado para muchos, jardín abierto para pocos”, santo y seña de su evolución final hacia el desencanto y la soledad  tamizada por sus empeños y “recreaciones” en el fabuloso Carmen de los Mascarones. Hechura lenta y pautada de su inclinación a la reserva tras no menos de seis episodios de enfrentamientos con sus colegas canónigos del Salvador, que le castigarán con sendas penas de cárcel domiciliaria y sanciones económicas, que soporta con resabios de indignación e ira.

Salvo estas pequeñas y generales pistas biográficas poco más sabemos a ciencia cierta de Soto; sabemos de su amistad con otro vate local conocido e influyente: Trillo y Figueroa y de su adscrición como letrado a la Inquisición granadina. A su cargo tiene a madre y dos sobrinas y consta por escritura la compra de sendos solares y casas viejas moriscas en las que progresivamente irá construyendo e inventando el jardín-carmen más suntuoso y pautado del Albaizín.

Es en el poemario “Paraíso cerrado para muchos...donde queda constancia clara de su estructura arquitectónica y forma real, pues siete paratas principales lo componen y en cada una de ellas el agua, las fuentes, la estaturaria, han de ser como las Siete Mansiones Celestiales y así, progresivamente se articula también el poema de Paraíso Cerrado que se divide en siete partes que irán mezclando la topiaria más exquisita, la jardinería más delicada con el espléndido repertorio de recursos literarios. Cautelosamente Soto construye un paraíso privado, cerrado para casi todo el mundo, abierto sólo para unos pocos de su entera confianza. Desde su edén-refugio rehuye el trato común  y a él dedica pacientemente todos sus recursos económicos hasta convertirlo en el santuario de un príncipe poeta con su pequeña corte que vive y desvive sus cuitas con aristocrático desdén.

Rememorando poemas elegíacos deberíamos recordar hoy ante el Carmen de los Mascarones “las ruinas de Itálica”, aquellas que cantó Rodrigo Caro entre lágrimas y desesperación:  “estas hoy que ves ruinas, antaño fueron…

Porque poco queda de aquella obra excepcional, de su fastuoso carmen, casi reducido a esperpento. Acosado por los toneles de un bar, sucio del hollín de los coches que atraviesan la calle Pagés, marchito como una rosa polvorienta.

Hoy sólo podemos recordar unas pocas bagatelas de aquel pasado lujo: los mascarones de la fachada, la labor de los canecillos y maderas de los aleros.

El resto es decrepitud y abandono.

Los siglos y las inclemencias más desfavorables lo han llevado a la amputación y la ruina. Sus jardines mutilados, sus estatuas y fuentes, saqueadas, su casa convertida en un vetusto caserón leproso  del que se salvan un portal con tres apartamentos, un aparcamiento y un viejo portón morisco milagrosamente intacto. Sic transit gloria mundi, quizá se lamentara hoy el arisco Soto.

Acaso al tan resabiado lema Paraíso cerrado para muchos/jardín abierto para pocos que representa muy en lo hondo el sentir recóndito de muchos granadinos le ha pesado la inercia y el desinterés, al punto que ya nada memorable queda que no sea mencionar a Soto, al poeta, su obra literaria, la presencia circunstancial en el mismo carmen del imaginero Mora y su servicio de cuartel de la Guardia Civil después de la guerra… Ha pasado de “paraíso cerrado para muchos” a paraíso abierto para ratones y larvas.

Una especie de “Desengaño de Amor en prosa”  que no dejamos de lamentar.

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