BICENTENARIO DE JOSÉ ZORRILLA, EL CANTOR DE GRANADA. 

Se nos acaban los días del año 17 y con ellos la oportunidad de recordar al poeta Zorrilla, cantor  de las bellezas de Granada e impulsor voluntario de su fama y conocimiento universal. Aunque muy por debajo de lo deseable algunos tributos (*)se le han hecho a lo largo del año a este popular romántico que puso sus ojos en Granada hasta la casi total fascinación o el arrobo allá por donde  estuvo. Lo que a continuación sigue es un pequeño resumen de su presencia en la ciudad.

La relación del poeta José Zorrilla y Granada ha quedado fielmente acreditada como un vínculo de afecto y mutua admiración que alcanzó un cenit difícilmente superable. Zorrilla se embebió en los sutiles perfumes granadinos y la ciudad le correspondió con largueza en reiteradas ocasiones.

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Sin duda Zorrilla llegó a Granada empujado por la ola romántica europea que batió el país de norte a sur  y reparó en Granada como foco de las ciudades más apetecibles por su pasado medieval y su soberbia geografía. Poetas, viajeros, artistas en general hastiados del mundo previsible y deseosos de encontrar los paraísos naturales y las historias originarias  colocaron a la ciudad nazarí a una altura desconocida: en el horizonte de ciudades como  Marraquech, Estambul, Damasco o El Cairo, poniéndola en el mundo como una ciudad de amplias resonancias y encantos ineludibles.

Zorrilla, un implacable lector, leyó ávidamente a W. Irving, Richard Ford, Gautier, la Historia del Reino de Granada de Conde y las traducciones de Lafuente Alcántara, entre otros muchos papeles,  y en cuanto tuvo ocasión y recursos puso la proa hacia la ciudad del Genil magnificando su poso oriental, sus agraciados paisajes naturales y el turbulento pasado desconocido que bien podía ser el santo y seña de sus nuevos dramas populares.  Y en ella cayó seducido las dos veces que sabemos a ciencia cierta que la visitó. Y es que Zorrilla, escapado del menosprecio de su padre y emparedado por una esposa dominante acaso envalentonado con el resonante éxito del ¨Don Juan Tenorio” no perdió la oportunidad de visitar la ciudad de los Alhamares, palpitantes sus deseos exotistas y orientales y necesitado de nueva savia en un momento crucial en su carrera con apenas 28 años . Corría el año 1845 y atrás había quedado el recuerdo de su “implosión” como poeta en la despedida al suicida Larra con aquellos emotivos versos de adiós que le hicieron decir más tarde: he nacido sobre la tumba de otro.

Constan bien documentadas al menos dos visitas del poeta a Granada. La primera entre el 5 de abril y el 25 de mayo (1845) y la segunda, del 14 de junio en adelante (1889), para su homenaje y posterior coronación como poeta nacional. Entre ambas Zorrilla escribió miles de versos de todas las clases sin perder jamás la brújula alhambreña. Y tras la primera visita se puso manos a la obra para la composición de la historia de Granada en su inconclusa y magna obra “Granada, poema oriental, precedida de la historia de Alhamar”: un tapiz de ecos orientalistas y  decenas de miles de versos narrando sus glorias e historia con los más encendidos versos que pudieran prodigarse a ciudad alguna.

Ciudad y poeta se vincularon de esta forma como las dos caras de un ente sutil mitad árabe y mitad cristiano que en el tumultuoso momento romántico del siglo casaron a la perfección tamizadas por las otras influencias íntimas del poeta: las tradiciones populares, las historias de fe y religión, los ardorosos  versos del exotismo y sensualismo amoroso.

Lo explicaremos despacio: cuando Zorrilla viene a Granada a “recoger las tradiciones que guarda ese poético país” acaba de triunfar con su Juan Tenorio aunque llega marcado por dos heridas: la de sus malas relaciones con Matilde O´reilly, su esposa,  y la distancia con su padre, Intendente General de la Policía absolutista y hombre que toma a su hijo como persona sin tuétano y sin cabeza.  Huyendo de ambos disfrutará en Granada de unas vacaciones gloriosas acompañado por el autor de Pepita Jiménez, Juan Valera, entonces estudiante de letras en la Universidad granadina.  Al parecer compartieron fonda los primeros días pero no tardando mucho a Zorrilla se le aloja en unas dependencias de la iglesia de Sta María de la Alhambra y las Autoridades  le facilitarán las llaves de la vieja fortaleza alhambreña donde Zorrilla campará por sus respetos. Sin duda venía predispuesto a documentar la historia del reino nazarí y entre sus contertulios estará Lafuente Alcántara, traductor del árabe y traerá bien leídas las historias de los  viajeros románticos que le precedieron. Parece ser que fue el actor de su Tenorio, Carlos Latorre, el muñidor de este viaje. Latorre conocía bien la ciudad y a Zorrilla y debió de transmitirle los efluvios exóticos que la ciudad más oriental de la península había de representar para el corazón inflamado del poeta que empezaba a abrirse camino en el duro mundillo de las letras y los escenarios madrileños .

Esta visita acumula media docena de anécdotas de interés. Es conocido ya en los medios intelectuales de la época y se pasea con una pequeña corte de plumillas que le enseñan las excelencias y misterios de la ciudad llevándolo de un lado para otro. Por boca de Juan Valera sabemos que en la Alhambra deja un poema de ocasión  en verso alejandrino en el libro de visitas con encendidos elogios a la ciudad nazarí.  Recorrió el Albaizín y el Sacromomonte, la fuente del Avellano y los principales monumentos urbanos además de la Alhambra, agasajado por las lumbreras locales. Con su séquito de 18 fieles, entre los cuales no podía faltar Pedro A. de Alarcón y sus cofrades de la Cuerda;  acude a los cafetines de la época e impacta con su verbo florido y musical haciendo gala de un talento inusual para la improvisación y el recitado.

El propio Zorrilla nos deja en sus memorias una descripción del cuarto en el que se aloja: pétreo y oscuro cuarto bajando cuatro escalones y en cuyas paredes hay una ornacina con virgen y un extraño gancho en el techo. Un pequeño terremoto, frecuente en la ciudad, le despierta una noche y cae en pánico al percibir la bamboleante  imagen de la virgen y el sinuoso gancho del techo que le mira con malos ojos. Zorrilla se levanta y huye a los palacios nazaríes en donde le estarán esperando ni más ni menos que los adorables gnomos, duendecillos de la Alhambra que le contarán la inigualable historia del monumento y las glorias y crímenes de la dinastía de los Alhamar.  El salto de lo real a la fantasía se adereza con una pirueta al vacío muy propio de las invenciones zorrillescas en el medio más propicio para ello.

La anécdota más sabrosa sin duda la vivirá en el teatro Principal, donde ¡oh casualidad¡, están representando su Tenorio. Hasta allí llegará el poeta con su séquito, y su entusiasmo rozará el delirio. Sube a saludar, declama, y el público quiere más y no se mueve del asiento. El Director, que había pensado llevarse al personal a celebrar el éxito en las cercanías no sabe qué hacer; entonces Zorrilla se avino a pagar a medias el convite y que éste se celebrara con las mesas  en el mismo teatro, acabando así,  actores y público, celebrando una juerga por todo lo alto hasta la madrugada.

Al día siguiente acude a recitar al LICEO. Se le invita a las tertulias literarias, prosigue su periplo urbano tomando buena nota de cuanto la ciudad le ofrece: las viejas puertas de las murallas, los palacios de urdimbre morisca, los adarves y postigos supervivientes de su pasado árabe.

Esta primera estancia duró más de mes y medio y de ella sacó dos propósitos firmes el poeta: el primero, escribir un gran poema histórico, entonces fórmula muy en boga,  que titulará “GRANADA, poema oriental, precedido de la historia de Alhamar”. Lo segundo marchar a París a escribirlo poniendo tierra por medio en sus malas relaciones con Matilde O´reilly.  Hasta treinta y cinco mil versos logró componer nuestro poeta durante sus años parisinos posteriores  pero jamás pudo acabarlo. Los “Gnomos de la Alhambra y de Granada”, saldrán de su pluma casi dos décadas más tarde. Y otros miles de versos transversales injertados en el resto de su obra serán deudores de las notas a vuela pluma que Zorrilla fue almacenando en su imaginario en aquel viaje.

*

Sin embargo el episodio más impactante que vincula a la ciudad con Zorrilla fue la incomparable y teatral ceremonia de su coronación como POETA NACIONAL en el Palacio de Carlos V.  Acontecimiento jamás antes sucedido ni vuelto a repetir. Mucho tuvo que ver el LICEO con el Conde de las Infantas de presidente y el periodista Luis Seco de Lucena de vicepresidente en que tal evento inventado para la ocasión se llevase a cabo. Ambos lograron contagiar a la ciudad del interés por el nombramiento y aprovecharon una coyuntura favorable para suscitar apoyos de altura y entusiasmo popular. No fue difícil el contagio pues un Zorrilla muy mayor y casi ajeno a todo, -excepto su supervivencia-, no asustaba a nadie. Nunca se había metido en política ni aceptado cargos y era visto como persona inocua tanto por los bandos progresistas como conservadores del momento, de modo que nadie obstaculizó los preparativos.

La Reina Regente comprometió su asistencia y de ahí para abajo ayuntamientos, gremios, milicia e instituciones diversas, de aquí y de allá, se volcaron en la organización. Zorrilla se mostró esquivo en un principio pero terminó por aceptar. La ciudad recordaba cómo cuatro años antes en el dramático terremoto de Arenas y Alhama (1884) Zorrilla había compuesto un poema: ¡Granada mía¡,  para leerlo en los teatros y recabar ayuda para los damnificados, y ello no pasó desapercibido a los granadinos cuando en el año 89 se publicita   el magno acontecimiento de la Coronación y el anuncio es recibido con el mayor entusiasmo.

Zorrilla llegó a Granada en el tren expreso de la tarde del 14 de junio. Pero el baño de multitudes comenzó incluso antes de su llegada a Granada. Allí donde el tren hacía parada obligatoria acudían las poblaciones en masa a saludarlo y conocerlo. En Córdoba le quedó tiempo para visitar alguna taberna e intimar brevemente con los artistas locales y sus allegados. Loja, Illora, Huétor Tájar, Pinos…fueron anticipo del entusiasmo multitudinario que le esperaba en Granada y que no le abandonó en el mes y medio que permaneció en la ciudad. Recibido en coche de tiro fue llevado por las calles principales entre un gentío de vecinos y curiosos, subido al carruaje descubierto en compañía del alcalde, del gobernador y de Seco de Lucena, Zorrilla se dio el baño de reconocimiento que jamás había soñado. Se le alojó en el Carmen de los Mártires por invitación del General Calderón (hijo) agasajado por un cuerpo de servicio principesco compuesto por mayordomo, chambelán, servicio de cama y cocineros.  Zorrilla delicado de nervios no pegó ojo aquella noche.

Las jornadas de la Coronación llevaban implícitas  otras muchas actividades a desarrollar durante las fiestas del Corpus. El “Homenaje de la Capital al cantor de sus glorias” ocuparía un lugar destacado y el lugar elegido fue la Alameda del Salón. El largo paseo amaneció decorado con la más ambiciosa y festiva encarnación de la floresta romántica por donde habría de desfilar la más amplia expresión de la ciudad, además de multitud de foráneos.

La apiñada muchedumbre ocupaba las aceras, los balcones lucían banderolas y adornos y la suma de columnas desfilando en orden cerrado llenaban las calles hasta el paseo del Salón. Por él desfilaron más de 16. 000 personas hasta la tribuna de fondo donde Zorrilla rodeado de autoridades, senadores, organizadores y séquito regio, encabezado por el Duque de Rivas (delegado de la Reina Regente) recibía a sus admiradores y era agasajado con coronas de oro o laurel, diademas, y regalos diversos tras desfilar bajo grandes arcos vegetales que unían las copas de los árboles formando una galería vegetal de la que a su vez colgaban retratos del poeta, cuadros con poemas, adornos diversos. Diremos, resumiendo, que, en la ciudad echó la casa por la ventana y que jamás se había festejado nada de modo semejante con tal avalancha de público. Y aún faltaba la Coronación y la leila.

Al día siguiente, lleno el Palacio de Carlos V hasta la bandera, decorado éste con guirnaldas, coronas, hachones, escudos provinciales… y centrado el patio por una solemne tribuna con palio y trono, se dio inicio a la Coronación con un protocolo cuasiimperial.  El Duque de Rivas, (hijo) leyó:

“Tengo la alta honra de poner en vuestras manos la corona que el Liceo, Granada y España toda dedican a ceñir la venerable frente del más ilustre de nuestros poetas, del cantor insigne de nuestras gloriosas tradiciones…y simuló colocar la corona de oro regalo de la ciudad en la cabeza del poeta teniendo buen cuidado de no tocar o herir los gruesos bultos de la delicada cerviz  del poeta …

Al Duque de Rivas respondió el catedrático López Muñoz con un encendido discurso que hizo volar las palmas de aprobación ininterrumpidas veces. A éste siguió la réplica emocionada del poeta que apenas lograba rematar la lectura embargado de emoción. La prensa peninsular se hizo eco del nombramiento, Granada y Zorrilla quedaron unidos ya para siempre.

Una gran fiesta se haría en su honor días más tarde en el Carmen de los Mártires,  la “leila”, con música, poesía y decoraciones edénicas. Pero ya Zorrilla, cansado y enfermo lo vió todo desde las ventanas del palacete.

Granada supo corresponderle por los muchos escritos que dedicó a la ciudad. Aquellos días tan intensos los calificó el poeta como lo más grande que le había ocurrido en su vida. Dos días más tarde se le nombraría “hijo adoptivo” por parte del Ayuntamiento.

Aunque no fueron tan felices o inocuos esos días como él hubiera deseado. Porque los días se alargaron más de lo previsto y el mismo Zorrilla llegó a cansarse de los excesos y más tarde confesaría “que de homenajes y de rey de copas estaba hasta las narices”.  Las lluvias y los vaivenes de esos días le hicieron enfermar y el ayuntamiento y algunas voces críticas comenzaron a impacientarse y aún más a alarmarse con la convalecencia del poeta, temiéndose lo peor.

Por suerte mejoró sin echar cuentas de días ni de gastos y una pluma anónima le dejó escrito en un papel: “Vate, vete”.  Esa fue la puntilla.

Marchó a Madrid.  Dicen que empeñó la corona de medio kilo de oro puro del Darro del joyero Tejeiro.  Nada hay claro al respecto. El periodista Pozo Felguera suma 925 coronas recibidas el día de su homenaje. ¿Todo lo empeñó?. ¿Todas eran de oro?.

Lo cierto es que Zorrilla murió pobre. Se apagó 4 años más tarde como la vela que se consume en una gruta. Se apagó la luz de su poesía musical, vibrante, infantil a veces.

El dejó escrito: soy dueño de un cielo azul en el que no hay pan.  ¿El cielo azul de Granada?.

Nota: Homenajes realizados por:

*Granada, Ciudad de la Literatura. Unesco: Coronación. /*Cultura contemporánea UGR: semana del bicentenario de José Zorrilla./ *Andrés Molinari, Patronato de la Alhambra./ *Secretos de Granada. Visitas literarias./Biblioteca de Cartuja/ *Centro Artístico: retrato caligráfico de Zorrilla.

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