EL SACROMONTE: DOS ANÉCDOTAS Y UN FUNERAL

 

Secretos de Granada, Sacromonte, Fotografia de Rafael Garzon

Secretos de Granada, Sacromonte, Fotografia de Rafael Garzon

 

El Barrio del Sacromonte se muere sin que a día de la fecha encontremos remedio a su mal, por más que sus múltiples encantos nos hagan lamentarnos y reclamar algún gesto vigoroso que lo reanime antes de su extinción anunciada. Sus cuevas ancestrales, veredas, miradores y laderas serpenteantes donde antaño vivió el pueblo más indócil de cuantos se conocen y desde donde se pueden contemplar las vistas más sutiles de la ciudad, a penas si logra sobrevivir  al desamparo de sus muchos males. El mayor de todos, el forzado abandono de la población autóctona y el olvido puntual de las administraciones. Mal fin para su larga y pintoresca historia que puede acabar, si el tiempo no lo remedia,  como una atracción turística de cartón piedra. Y sin embargo tuvo, éste barrio, vida gloriosa y el esplendor que se les supone a las cosas grandes; inolvidables personajes y tribales grupos humanos con una concepción del tiempo, el espacio y los valores sociales y familiares que les hicieron protagonistas de una historia, tan peculiar como irrepetible.

De todo aquello queda poco, muy poco, y se entrega con cuentagotas al calor de la conversación o el recuento en torno a las pocas cuevas habitables que sobreviven a duras penas.

Una de ellas es la de Curro Albaizín, artista multicolor, poeta, rapsoda, cantaor y bailaor que resiste con paciencia de santo el ir y venir de los días abriendo religiosamente su cueva a quien quiera visitarla para desglosar con humor y gracia la más entretenida, jugosa y disparatada historia del barrio de sus ancestros. De las demás cuevas podemos contemplar el ir y venir de los microbuses enviados por los hoteles para consumir unas gotas de arte embotellado en unas “zambras”  demudadas en espectáculo comercial, y acaso, revividas en la buena intención de los artistas jóvenes, muy lejos ya de aquellas “estelares farras” que volvían locos a quienes tenían la suerte de compartirlas, bien para los de casa o para los de fuera, legendarias ya en la memoria. En un inventario rápido podríamos contrar otra media docena de cuevas “vivas”, convertidas en pequeños museos y fototecas de un periodo tan cercano como extraordinario del barrio troglodita más famoso de Europa.

Es bien sabido que tradicionalmente su ocupación fue mayoritariamente gitana, pero también híbrida de moriscos perseguidos o de castellanos pobres y la mezcla de todo ello dió la pátina de un primitivo, maltrecho y excepcional habitat humano que siempre tuvo en sus arcaicos oficios y sus seculares tradiciones la pátina de lo auténtico y genuino: herradores, lañadores, cesteros, tratantes …

Todo se ha descolorido desde los años ochenta. La población autóctona sufrió un colapso fatal con las inundaciones de década y media antes, cuando casi las tres cuartas partes de sus habitantes fueron trasladados hacia las afueras de “la otra ciudad”, desconocida para ellos, entre barracones, edificios de protección oficial e islas-getho, y el desarraigo cumplió fatalmente su destino de anulación y olvido. Desde ese tiempo los más antiguos habitantes vieron  desaparecer paulatinamente sus oficios y beneficios, su entorno agreste y singular y sus modos de vida tradicionales para acabar, los que se adaptaron, en la venta de los mercadillos.

Su gloria y esplendor pasado, allá por los mediados de los sesenta y setenta con la llegada de los primeros turistas europeos buscando lo natural y directo y curiosamente, de americanos curiosos y deseosos de experiencias nuevas, no ha vuelto, y ahí, en esas cuevas museo quedan los recuerdos de aquel tiempo en el que visitar  el Sacromonte formaba parte de los itinerarios de los viajeros más conspicuos y famosos, fueran actores de Hollywood o miembros de la realeza, artistas nacionales o políticos de pro que gustaban de posar con los nativos y dejar el rastro de su paso por tan atractivos parajes.

Raro es ya hoy disfrutar de las zambras, de sus cantes flamencos y palos propios como  la cachucha, los tangos aborígenes, la mosca, la alboreá…porque el aire se ha marchitado, nos confiesa Curro Albaizín, “el último de Filipinas” si las cosas no cambian en un corto plazo.

En aquellos tiempos, no tan remotos, se daban cita en las cuevas  la flor y nata del “star sistem”  mundial:  desde Ava Gardner y Dominguín a Yul Brinner o el Duquede Wéllington y la Reina de Holanda.

Episodios hilarantes como la encerrona clandestina de Ava Gardner con el torero Dominguín, alojados tres días y tres noches en una cueva, dieron anécdotas para llenar centenares de revistas,  mientras los niños se llevaban a empellones el coche y lo dejaban caer cuesta abajo, hasta hacerlo fosfatina y los mirones, muy atentos que se preguntan: pero, ¿esta mujer no evacua?,  historias para dar y tomar, que dice Curro Albaizín,  sobre todo porque todo se interrumpió fatalmente ante la llegada  del inefable Frank Sinatra a Madrid, para cortar “al modo siciliano” la vena taurina “del animal más bello del mundo”.

Lola Medina era una bailaora de gran porte y cierta severidad perfeccionista, bella, atractiva y sexualmente ambigua: El primer teléfono que entró en el barrio lo puso Juanita Medina. Juanita Medina atraía a mujeres y hombres y por ambos se dejaba caer, según las circunstancias; dicen las crónicas que su teléfono echaba humo cuando volvía de sus tournés por medio mundo y atrapada en su red de femme fatale quedó una marquesa cordobesa que no pudo resistirse a sus encantos. La marquesa venía a verla y perdía la cabeza y el sentido por ella, y también, ¡¡la cartera¡¡.

Cuenta Curro Albaizín en sus visitas, llenas de humor, encanto y memoria de su gente, que la llevó a la ruina,  mientras el patrimonio de Lolita Medina creció como la espuma. Un hotel en Torremolinos, una sala de espectáculos, no sé cuántos apartamentos… mientras la marquesa vendía  tierras y palacios hasta quedar limpia y en la ruina más cruel.

La ironía del destino cumplió en forma de justicia poética las ambiciones desmedidas de la Medina. Ésta se enamoró perdidamente, y ya en edad provecta, de un hombre más joven que ella, un gigoló, piloto de aerolíneas, que la volvió loca: El piloto pronto abandonó el avión para colgarse de las alas de la bailaora, a la que fué limpiando la caja y el joyero al ritmo de sus desmesurados caprichos: motos con sidecar, coches de carreras, apartamentos en la capital del Reino. Así hasta llevarla a la quiebra y dejarla con una mano delante y otra atrás en un minúsculo apartamento de 30 metros, en el glorioso y ya decadente Torremolinos en el que murió pobre, pobrísima, aquella Estrella Mundial del Sacromonte, aquella Gloria.

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